Encrucijadas españolas

A vista de pájaro y de microscopio, parece evidente que nos encontramos en un momento de encrucijada moral. Y lo moral determina la historia, aunque no se evalúe en los parámetros de estudio. Encrucijada significa lugar de cruce y necesidad de elección. Pero también significa dilema e indecisión. Y también significa posibilidad de emboscada y acechanza. Lo característico del devenir histórico es que nunca sabes si el camino que tomas (o que te hacen tomar) es el correcto. Casi siempre hay un azar con vocación determinista escribiendo guiones que no entiende. Después, ya se encargarán los historiadores afines a credos y grupos de poder de “demostrar” la lógica de lo impredecible. Por todo esto, y para tratar de intuir algo sensato sobre muestra inestabilidad, será de gran ayuda Virginia León,¹ especialista en analizar con pulcritud una de las decisivas encrucijadas españolas. Fue hace trescientos años. En otra época con vientos de cambio, entusiasmos sinceros, entusiasmos a sueldo y publicistas.
El punto axial de la encrucijada es una ecuación plagada de interrogantes: pasado irreversible-presente infeliz-futuro impredecible. Se percibe el agotamiento biológico de un proyecto (o de una persona), se entiende que debe llegar un cambio…, pero el proyecto (o la persona) tiene un aguante indecible. Entonces, la situación de deterioro se convierte en una normalidad lingüística. Y aparecen los pequeños rumbos que determinan los futuros personales: hay quien no resiste la presión y lanza la toalla emocional; a otros las expectativas se les hacen huéspedes y aceleran fatalmente sus opciones; otros encuentran el bienestar en la cómoda espera que no exige acción ni responsabilidad. El enfermizo Carlos II aguantó 35 años, y el país se recuperó de su crisis anterior, las cosas marchaban razonablemente bien, pero la imagen del rey era de enfermo y oficialmente la situación de España era infeliz. Y para complicarlo todo, había una herencia imperial que repartir y dos bandos enfrentados. Aquella guerra alteró el rumbo de España de un modo irreparable. Siglos después, Radio Pirenaica y sus bulos sobre cercanísimos finales de Franco y una imparable agitación popular alentaron emociones varias. Todo era falso, hasta lo de Pirenaica: emitían desde Moscú y desde Bucarest. Pero había una buena herencia de país modernizado. Y depredadores ideológicos revoloteando. Ahora estamos en parecida tesitura: el proyecto moral postmoderno está en ruinas, el proyecto académico es puro entreguismo, el proyecto nacional es una duda. Se siente la urgencia de rehacer el paradigma, pero no se intuye un cambio sanador. Muchos de los que se asfixian en esta atmósfera podrida no se atreven a quebrar lo homologado. Todo son posturas y estrategias de recorrido corto. Los unos se lo pasan calibrando beneficios y especulación: son los de siempre en el lugar de siempre. Los otros se justifican tirando de ingenio acobardado; porque, en sentencia del historiador Douglas Boin: “Hacer juegos de palabras es más fácil que afrontar los problemas reales de la población”. Lo malo es que un meme y un twit son medicina pobre para sanar países.
Otro elemento cardinal en estos contextos indecisos es el doble tipo de gloria regia: la individual y el linaje. La primera sobrevalora el ego, escenografía el culto al jefe e incardina cualquier desarrollo político a la voluntad suprema del Supremo. Es la odiosa cultura del líder. Al que, en ocasiones, le tienta la voluntad de crear una nueva tradición a partir de un sacralizado concepto de “los éxitos que la Historia me debe”. Mussolini y su mundial de fútbol, sería un ejemplo de libro. Otro ejemplo lo tenemos por aquí: considerar liderazgo a la ambición irracional o calificar de nuevo diseño nacional al desarrollo eficaz de un sistema de delincuencia estatal con reparto de prebendas. La segunda tiene el peligro de enraizarse con tanto ahínco en un modelo de poder agradable a una ideología específica que llega a perder de vista el dinamismo de la vida. Y eso que Heráclito enseñó que nada es inmutable, aunque para nuestro parvo egoísmo de supervivencia aquello en lo que te sientes cómodo no debería cambiar nunca. Batalla perdida: lo pasajero es lo único constante. En mi juventud se decía que el mundo caminaba inevitablemente hacia el socialismo. Por “ley histórica”. Un concepto que no existe. Todo era propaganda convertida en axioma. Ridículas profecías de auto cumplimiento con disfraz de determinismo histórico “científico”. Cien años antes otros gerifaltes de la ciencia escupieron argumentos sobre la correcta imago mundi. Afortunadamente, la vida implacable les soltó un guantazo. Al margen de Gobineau, que es el más conocido, Paul Broca y George Vacher de Lapouge son dos de los científicos franceses racistas más reputados del siglo XIX. Para ellos la superioridad blanca era indiscutible. Esta teoría científica justificaba el colonialismo y mareó lo suyo tras la derrota de Sedán sobre si lo ario era mejor que lo galo. Escribo esto en pleno mundial. La selección francesa está en semifinales. 22 jugadores de una plantilla de 26 son afrodescendientes. ¿Qué entendemos por superioridad racial? ¿Qué significa tradición ahora? En el fondo lo mismo que ha significado siempre: continuidad en la diversidad y satisfacción emocional ante triunfos que se publicitan como necesarios y representativos. Es imposible definir esencias o petrificar el canon. Pero sí es perceptible la alegría de la gente.
Al hilo de todo lo anterior, comprobamos que en las encrucijadas históricas el éxito del poder con aspiración absoluta se fundamenta en dos pivotes: premiar el talento y premiar la obediencia. Lo primero ocurre a veces y debería ser la mejor tarjeta de presentación para legitimar un proyecto de ambición y eficacia. Pero la cadena más sencilla e inmediata para articular una estructura de dominio es la creación de una red de intereses: todos ganamos/todos nos protegemos. Hasta que el eslabón débil decide colaborar con la justicia.
Y también, inapelablemente, comprobamos que las encrucijadas desarrollan bandos ideológicos opuestos que cuando son incapaces de argumentar un ideario o de desarrollar un proyecto de futuro, se agarran a la simplificación pasivo-agresiva: la verdad por afiliación de hoy en día: si soy progre tengo razón en todo; o se recrean en la inacción fatalista de Romanones: “si no existieran hijos, yernos, hermanos y cuñados, cuántos disgustos se ahorrarían los presidentes de Gobierno”. O, por aquello de culminar el ascenso a la cúspide de la ridiculez, se agarran al sabor del mes: la novedad llamativa que deslumbra cuando es estratégicamente necesaria y se olvida a su debido tiempo. La Ciudad del Circo en Alcorcón, que ideó un alcalde socialista; o el embolado entre socialistas y populares para crear la Estación Meseta Ski en Tordesillas. Dos ruinas en todas las acepciones del término ruina. O, por ponernos algo cultos, el pique en la moda que rodea la Guerra de Sucesión Española: de negro y sobrios los simpatizantes austracistas, colorines y opulencia en los partidarios del bando borbónico francés. Un siglo después vino otra guerra de colores: lo blanco era pro Fernando VII y lo negro liberal. Y ciento y pico años después, en 1953 se “legaliza” el bikini en Benidorm. Y en 1968 Massiel “legaliza” la minifalda ganando Eurovisión. ¡Qué tiempos tan absurdos! Menos mal que ahora hemos recobrado el sentido común y hay un proyecto para diseñar ropa con valores democráticos. Una cremallera, un voto, creo que será el eslogan.
En fin…, un presente que necesita recuperar esquemas morales y un futuro que no somos capaces de reconocer como algo nuestro conforman una encrucijada que inevitablemente nos conduce a la confusión. Aunque tampoco esta desazón es algo nuevo. En 1700, cuando se sospechaba que todo iba a cambiar, se fundó en Barcelona la Academia de los Desconfiados: prohombres que deseaban fomentar una élite cultural capaz de controlar el porvenir. Proyecto benemérito, pero equivocado. La única arma de mediano alcance para deambular por el futuro es la voluntad popular de mantener los elementos culturales que nos proporcionan placer, seguridad y una inefable autoestima emocional. Esta voluntad popular no siempre se impone, a veces parece desterrada, pero es una corriente inextinguible de pervivencias interiores que tarde o temprano sale a flote. De hecho, hay una voluntad popular española que está tratando de resolver nuestra encrucijada actual con sabiduría y cabezonería: retorno a la estructura moral católica y a la tauromaquia. Exactamente con esos dos pilares más el papeo y las verbenas se construyó España. Un edificio emocional para habitar el lado bueno de la historia.


  1. León Sanz, V., Carlos VI. El emperador que no pudo ser rey de España. Madrid. Aguilar. 2003

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