Culpa, intelectuales y palabra: tres pérdidas de la cultura contemporánea

Hoy toca bateo en un río inagotable: el maestro Vossler¹ y su serena y enriquecedora percepción de la cultura. Tomaremos tres pepitas de distinto calibre para desarrollar reflexiones sobre otros tantos elementos fundamentantes de nuestra herencia cultural. Que es tanto como decir de nuestra manera de ser.

De entrada, un tema clásico: la arrogancia y la ceguera humana activan la venganza divina. Endiosado por el cargo, el poderoso enferma de complejo de inmortalidad, convierte su capricho o su opinión en ley y comete desmanes, errores, sinsentidos. En estos casos hay dos componentes dramáticos de extremo interés. Uno es la caída: espectacular y ejemplarizante. Su relato es, de hecho, un topoi literario. El otro es un efecto colateral de la pésima actitud del poderoso: la culpa como dinamizadora argumental. La legión de perjudicados anónimos, el íntimo colaborador caído en desgracia, el ambicioso cercano que aspira a lucir bastón de mando, los parásitos que perciben que el peso de la púrpura está doblando al inamovible y comienzan a conspirar en busca de acomodo. Demasiada gente recordando afrentas o planificando renovadas ambiciones. La intriga palaciega en su esplendor. El escenario idóneo para recordar una frase hecha: dime lo que ocultas y te diré quién eres. En esos momentos de hundimiento y de miserias viejas no sólo hay que seguir la senda del dinero, también es imprescindible seguir el rastro del rencor. La historia de Cornelius Vanderbilt y su hijo William H., y por extensión de toda la familia, sería el mejor ejemplo, fuera de los manoseados y malolientes terrenos políticos de antes y de ahora muy ahora. Un conflicto el de los Vanderbilt que ha generado novelas interesantes. Lo que nos demuestra la maleabilidad del tema clásico, que amplía el concepto de castigo divino en direcciones más “modernas”; ahora la voluntad que decide el castigo puede ser el compañero de partido, o el amigo del alma, o un familiar cercano, o un grupo inversor con una hoja Excel. Las estructuras de dominación se remozan para seguir siendo eficaces; y para crear alrededor del poderoso una zona de incertidumbre que le acecha.

Un inciso. He utilizado culpa como circunstancia ética que genera damnificados que, a su debido tiempo, se convertirán en enemigos. No he querido hablar del concepto de culpa, porque es un elemento moral que a partir de los planteamientos protestantes y su culminación en las ideologías modernas se está eliminando de la condición humana. Esa grandeza trágica de los personajes literarios españoles y rusos ante el pecado y la caída es algo que la liquidez del mundo actual no soporta. Ahora nadie asume su culpabilidad. Todo acto reprobable tiene como única función la de convertirse en campaña de linchamiento organizado en redes; y, por lo que respecta al infractor, cualquier remordimiento se deja en manos de la habilidad sintáctica del publicista contratado. Lo moderno exige que la moral sea una categoría semántica ideológicamente preconstituida. Controlable.

La segunda pepita suena, por desgracia, añeja: el intelectual como potencia pública. Esa persona que reflexiona libremente, que es brillante dando forma a sus conocimientos y que utiliza su potencialidad para influir iluminando. No importa si el concepto intelectual nace con el affaire Dreyffus, o si ya lo plantea Henri de Saint Simon a principios del XIX, o si nos tenemos que retrotraer a Pedro Abelardo. Hablamos de la figura pública capaz de estimular la reflexión, del cerebro intelectualmente fecundo que abre las puertas del perspectivismo argumental. El intelectual es una conciencia con facilidad de palabra, con libertad mental, con una preparación sólida y con una vanidad pública que le alienta a estar en primera línea de polémica y aplauso. Pero, teniendo en cuenta por donde nos movemos hoy en día, aparece una pregunta inevitable ¿existe todavía esta figura? Probablemente, uno de los más rotundos éxitos del postmodernismo sea haber burocratizado y banalizado digitalmente el concepto de intelectual. De hecho, la pregunta pertinente no es la anterior, sino más bien ¿se puede ser intelectual en internet? Si la respuesta es afirmativa significa que hay un desplazamiento del concepto de intelectual hacia el de comunicador (vulgo influencer), y entonces su función es conseguir likes siendo novedoso hablando de… el complot futbolístico contra Argentina… o del socorrido maremágnum de los delitos de odio… o dándole otra vuelta de tuerca a Donald Trump. Si la respuesta es negativa, habrá que matizarla. Claro que existe el intelectual y naturalmente que hay voces preclaras, pero viven al margen del bullicio, refugiados en la lectura y en la producción sin prisa. La progresiva desalfabetización que nos rodea ha reconducido al pensador al monasterio, es decir, a la vida privada y recogida de su producción y su conciencia. Una actitud necesaria para no caer en la contradicción paralizante: querer ser voz en un mundo plagado de ruido.

La tercera pepita nos recuerda una asociación que se ha perdido: Lengua y Honor. La lengua es una estructura y es una categoría síquica, pero también es una opción moral que utiliza patrones rítmicos, secuencias rimadas, frases hechas, hipérboles y maldiciones para configurar nuestra mochila existencial. La palabra es la medida de todo lo vivible. En el teatro clásico barroco que un personaje le soltara a otro “¡Mentís!” anunciaba un argumento de honor y espada presta. Hoy en día la mentira va en el sueldo. Decía Sócrates “habla para que te vea”, ahora la FIFA sanciona que hables con la mano tapándote la boca porque no se ven las palabras que te definen. Es absolutamente imprescindible recuperar la dignidad moral de la palabra. Y esa dignidad tiene como punto de partida la libertad. Ahí comienzan los picores del poder.  Y ahí se origina la primera preocupación de los controladores: fiscalizar la estructura profunda de la lengua. Hasta lo pensado nos quieren censurar, convirtiéndonos en inquisidores de nuestra propia mente. Lo políticamente correcto es la mayor catástrofe lingüística desde la irrupción del estructuralismo francés y su maremoto de tecnicismos hueros.

Afortunadamente, la libertad está creando una nueva ciencia de la fantasía en donde la vieja palabra campa, más o menos, a sus anchas y el honor puede sentirse a gusto. Me refiero en concreto a películas como Ick o La caza (2020). Obras de serie B bien hechas que son bocanadas de aire lingüístico sin contaminar. Un pesimista puede pensar que esto es simplemente la Brecha de respiro o teoría de Gurvitch: espacios en donde la dictadura “no llega” y tú te crees falsamente libre; aunque en realidad todo es una ilusión compensatoria y, por consiguiente, una trampa de los manipuladores. Vale. Entiendo que la dictadura puede llegar a donde le plazca. Y que, aparentemente, se te toleran las rabietas seudo revolucionarias porque en realidad te están utilizando. Pero también entiendo que la dictadura, por su propia naturaleza hipertrofiada, no llega a todas partes con la misma eficacia, y que, al tener que reclutar a tantos servidores, contrata a muchos tontos. Y esos tontos no se dan cuenta de que la libertad lingüística no admite tutelas, que es un ser vivo y radical que sabe escabullirse de la miopía paranoica del censor. Y que es una fruta esperanzadoramente peligrosa que si se deja crecer impunemente te devora. Afortunadamente. Maravillosamente. Insolentemente. Por eso, frente a la lengua ideologizada y frente al discurso normativo-domador, hay que confiar en la fantasía y en el humor como últimos reductos para el honor y para la rebeldía. Algún día aparecerá una lengua gigante y libertaria que no se morderá la lengua y devorará a los dictadores. ¡Monstruos del mundo, uníos!, gritamos los imaginativos. ¡King Kong al paredón!, gritan los opresores.

Unos opresores que, de momento, no están muy intranquilos. Pero ojito, que la unión de los ánimos es muy capaz de explotar, canalizando el hartazgo contra la palabra esclavizada, contra el futuro y la libertad preestablecidos. La gente puede parecer apática, tristísima, pasiva. Encapsulada entre la encuesta y la banalidad. Pero tal vez no sea así. Porque, como dice Vossler: “No todas las veces se refleja todo en cada espejo”.


  1. Vossler, Karl, Formas literarias en los pueblos románicos. Madrid. Espasa Calpe, Col. Austral. 1944.

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