Parece comúnmente aceptado que la pedagogía de la palabra y la pedagogía de la imagen conforman nuestra manera emocional de construir la realidad. Dicho en plata: nuestra marca de fábrica (porque de tabla rasa, nada) y las influencias que aceptamos es lo que nos hace ser de una manera y desarrollar determinados patrones de conducta. Uno de los más antiguos es la necesidad de dejarnos seducir por el poderoso. Esa infeliz voluntad de comulgar con ruedas de molinos de viento. Esa debilidad para aceptar al seductor con sus mentiras. Para comprender esta atracción por los tontos dioses, seguiremos la senda de Fernando Bouza¹, estudioso ejemplar de estos asuntos. En concreto, nos centraremos en la manera de edificar la imagen del poder.
Los grandes personajes son actores de sí mismos. Su personalidad se adecúa a un filtro preestablecido que los engrandece o los deja igual, pero con maquillaje. Barack Obama pasó de anodino senador por Illinois a marca publicitaria de éxito: sabía decir con asertividad afectuosa vaciedades progres. En el espectro del no encanto, Starmer, esta mañana todavía primer ministro inglés, tiene, y cito a Celia Maza de El Confidencial, “la extraña habilidad de recitar un apasionado discurso de Churchill durante la II Guerra Mundial como si estuviera leyendo las cláusulas de una hipoteca”. Pero realmente no importa el material humano con el que se trabaja, la pedagogía del poder no busca desarrollar y hacer comprensible a una persona, sino implantar en el público un esquema mental basado en la imagen (si se puede) y la palabra (si la tiene) de un personaje. Lo que se pretende es construir valencias emotivas atractivas en la dirección que los expertos determinen: el encanto seductor, la sosería que es propia de un excelente gestor, la belicosidad que necesitan los tiempos difíciles. Hay muchos ejemplos para elegir en los manuales de historia. Pongo uno: Roosevelt nunca aparecía en silla de ruedas po Pensamiento rque podía dar una imagen pesimista: un enfermo dirigiendo una nación en guerra; hoy en día su capacidad para lidiar con las secuelas de la polio sería engrandecida y la silla de ruedas se convertiría en algo consustancial a su imagen resiliente.
A este proceso de seducción se le llama la construcción de la majestad. Y su esencia es el buen encaje del gesto con el contexto. La sensación que trasmite el poderoso es lo único que importa, porque una imagen vale más que mil ideas. El poder tiene muy claro que su fundamento reside en la opinión positiva que es capaz de estimular. El cerebro procesa imágenes en 13 milésimas de segundo, conectando lo visual con las emociones y la memoria sentimental. Es nuestro estado de ánimo quien crea e interpreta la realidad. No importa alimentarse de lo inexacto si encaja con lo que necesitamos. Porque se tiene un ego frágil, o por la necesidad onanista de sentirse seducido por el ídolo, la emoción de la imagen nos impacta y se convierte en “cultura emotiva duradera”. Y esa es la herramienta que el poder utiliza para difundir su semántica. Va otro ejemplo. El káiser Guillermo II gustaba de lucir el uniforme militar montado a caballo, y era el símbolo de una nación nueva y expansiva. Sin embargo, en el caso de haber nacido alemán de a pie hubiera sido declarado inútil para la milicia, porque tenía el brazo izquierdo atrofiado y 15 centímetros más corto que el derecho. Pero los propagandistas saben “arreglar” la realidad, “mejorarla”, “perfilarla” hasta dar con la imagen sensible que se convierte en horizonte de discurso: esa cultura general y emocional que nos acompaña siempre y que codifica nuestros adjetivos calificativos. O sea, nuestra comprensión de la realidad. Y al unísono, establece en nuestros argumentos una dicotomía amor-odio cultural de la que no es sencillo desprenderse. Porque, en definitiva, la verdad y la realidad son un subgrupo de las emociones. De hecho, la neurociencia define la certeza como una sensación metacognitiva, un sentimiento sobre nuestros propios pensamientos, que el cerebro genera para garantizar la supervivencia. Y supervivencia significa tener algo sobre lo que hablar, sobre lo que aplicar el yo. Antes del punto y aparte permítanme expresar algo en voz alta: en la próxima película sobre Troya, Helena será negra. ¿Lo aceptará la cultura general y emocional del público? O la pregunta correcta es ¿sabe el público actual quién fue Helena de Troya?
Indispensable para construir y difundir la imagen del poderoso es el intelectual. Antaño se consideraba al historiador un artesano de la gloria, porque sabía presentar los hechos y estimular la necesidad emocional de pertenecer al bando de determinado jefe. Hoy en día las cosas no han cambiado: el creador verbal construye imágenes mentales que encajan en nuestro sentido de las cosas; acto seguido, esta comunión de estímulos se convierte en argumentario que nos define como personas. Utilizando, por facilidad y enganche, los razonamientos a base de polos opuestos. En la literatura clásica sobre ciudades había dos maneras de afrontar el presente: la laus (alabanzas) y los lamenti (dolor por la situación actual que contrasta con un pasado esplendoroso). Pues bien, Madrid, con el grupo de Antonio Pérez a la cabeza, trabajó primorosamente la técnica de la laus en su lucha por la capitalidad, que logra en 1561. Un gran éxito comunicativo.
El intelectual creador de personajes públicos es el elemento indispensable para vender un producto que en ocasiones escapa del control de la rutina. Los dos planteamientos sobre la majestad: el rey oculto (Felipe II): que tiene sustitutos en las pompas oficiales; y el rey Sol (Luis XIV): omnipresente en todo momento, usan distintas sintaxis. Y acertar lo emocional de los argumentos es básico para que el concepto de majestad no se resienta. Es tanta la importancia del intelectual como creador del poderoso que la dicotomía clásica entre cultura de la persona: modas-oralidad cortesana-fiestas vs. cultura del espíritu: clasicismo-lectura solitaria-reflexión se ha decantado totalmente por la primera. Porque la cultura de la persona: frívola, asequible, emocional antes que reflexiva tiene una mayor capacidad de seducción y ofrece respuestas inmediatas. Que es lo que necesita el poderoso para sobrevivir.
El problema es que siempre se acaba abusando de la creatividad y se “escribe” demasiado, es el llamado mal de imprenta; o se “filma” demasiado, y entonces aparece lo que los ingleses llaman celebrity fatigue: la saturación de imagen o sobreexposición mediática. Y acabas hasta el moño de ver al poderoso invadiendo la intimidad de tu sofá vía pantalla. Entonces recuerdas dos cositas. La una es que Idiota, que hoy entendemos como un insulto leve o una adjetivación precisa, en tiempos fue una manera de definir al erudito apresurado que en realidad no sabe gran cosa. Idiota significa no latinista, alguien no preparado en saberes clásicos que se empeña en demostrar conocimientos. La otra cosita es la explicación de por qué Dios escribía en piedra: le gusta la brevedad y la exactitud.
Propaganda, poder, fama, prestigio… Todo en realidad es humo. Un patrón de sometimiento a una imagen ficticia que por razones personales nos agrada. Pero si de verdad nos interesa la pedagogía emocional, lo mejor es recurrir al maestro Jaime Roos y recordar fragmentos de su Que el letrista no se olvide:
«Que el letrista no se olvide de las madres del Pereyra²
Que el letrista no se olvide de los lunes de mañana
cuando el verdadero guapo se levanta sin chistar.»
Porque la gran traición del intelectual que trabaja embelleciendo la imagen del poder, es olvidar que el verdadero héroe es la persona que vive la verdad de su día a día sin aderezos adormecedores. Ya que cada ser humano es un Atlas que soporta sobre sus hombros la realidad tangible. No la prefabricada.
- Bouza, F., Imagen y propaganda: capítulos de historia cultural del reinado de Felipe II. Ed. Akal. Madrid. 1998.
- Hospital pediátrico que se funda en 1908 en Montevideo para atender embarazos de adolescentes, partos prematuros y crear una red de apoyo a madres vulnerables.



