Porque el poder sueña con que un rayo de olvido fulmine lo que considera pequeñas cosas de gente menor
Ahora que el paradigma estructural europeo ofrece todas las dudas razonables y, en consecuencia, cabe la posibilidad de una restructuración de la herencia romana (aunque me temo que al final todo quedará en un idéntico reparto de poder), es pertinente recordar algunos elementos de esa herencia que no nos benefician, pero que por lo visto son “imposibles” de apartar. Y lo haremos apoyándonos en un erudito magistral, Ferdinand Gregorovius¹. Serán tres pinceladas y dos brochazos. Sin más propósito que colorear un poco la grisura.
Unas palabras de Plinio el Viejo: Roma dulcifica costumbres, enseña sociabilidad, se han traducido a favor de obra. En realidad dijo Roma ha unificado las costumbres. Y esta uniformidad, que tan útil es para la gobernación, tiende a despreciar la independencia emotiva de las personas y de los colectivos. Propiciando choques inevitables y sistemáticos. Enquistando rencores. Porque el poder sueña con que un rayo de olvido fulmine lo que considera pequeñas cosas de gente menor. Pero esta gente menor encarna la verdadera realidad social. Y sus pequeñas cosas significan a menudo lo único libre que posee. Frontón, un consejero de Adriano, lo supo ver perfectamente: olvidarse de lo importante acarrea grandes daños, olvidarse de lo frívolo atrae grandes odios. Este tipo de errores es la especialidad de la burocracia altiva de Bruselas, que no presta atención en sus estudios macroeconómicos y en su diseño de control social a las “tonterías” de la gente. ¿Y qué puede pasar? No sé. La revuelta de la Nika (532 d.C.), en Constantinopla, comenzó por una disputa sobre los colores (Azules y Verdes) de los equipos de carreras de carros en el Hipódromo, pero se transformó en una revuelta masiva que casi derroca al emperador Justiniano I. La «Guerra del Cubo» fue un conflicto de 1325 entre Módena y Bolonia originado porque los soldados de Módena robaron un cubo de madera de un pozo boloñés. Estos eventos avisan de que, a menudo, la «tontería» es simplemente el último empujón contra una situación insostenible propiciada por un grupo de poder sin sensibilidad. Fuerzas emocionales telúricas, jaleadas por la injusta gestión económica y la pobre valoración del ser humano de la que hacen gala los todopoderosos, se inflaman por algo que en realidad no importa. Pero importa el símbolo y los años de malestar y frustración callada.
La uniformidad en las costumbres se sustenta en un entramado pernicioso: la maquinaria burocrática del despotismo. Esa red de poder, de influencia y de desviación de dinero que convierte la democracia en un concepto teóricamente hermoso, pero demasiado frágil y absolutamente corrompible. En un concepto vacío manejado por una élite que no permite la igualdad de derechos ni de oportunidades. Democracia se convierte, paulatinamente, en un concepto fenecido, dominado con mano de hierro por una burocracia que propaga una ciénaga semántica que oculta el verdadero significado de las cosas y clasifica a los ciudadanos según el grado de compromiso que muestren con las fórmulas retóricas del poder. Por eso el 68% de los jóvenes no confía en la democracia. Si a esto le unimos la intensificación del ocio público al servicio del despotismo, tenemos formado un panorama tan romano y tan de siempre que da grima. Nada es inocente, artístico o deportivo. Todo es ideología y corporativismo. Y si te atreves a rebelarte te silencian. Un caso paradigmático es el del descenso de Estudiantes de La Plata en 1953 por la persecución política del gobierno de Perón. El gran pecado del club fue no repartir (como hicieron todos los equipos) ejemplares del infumable libro La razón de mi vida, boludez autobiográfica de Evita Perón que escribió por encargo el español Manuel Penella da Silva. Estudiantes bajó a segunda, pero creó un lema que es motivo de orgullo y reflexión: «solo contra todos». Ese sí es un verdadero manual de resistencia.
Naturalmente, el aviso histórico para los que aceptan las dos pinceladas anteriores es tremendo. Porque el precio que se paga cuando se acata una cultura dirigida es inasumible. Ya que todo orbita alrededor de dos pivotes: mecenas y censura. Subvenciones y amenazas. Esto, en épocas de vigor creativo siendo intolerable puede sobrellevarse con grandeza. Ahora bien, en épocas carentes de fuerza creadora, como la nuestra, convierte lo artístico en una convención deprimente, aburrida, muerta. Cuando no hay libertad y no hay talento, lo académico y lo convencional se alían para sobrevivir en la mediocritud y crean una uniformidad que asfixia. Aunque gusta a un público medio; que es el que mantiene el espantajo por ahora, pero que dentro de muy poco despreciará a estos “creadores” al dictado y pedirá a la IA que escriba directamente la novela “cinematográfica” que les gusta (por lo general, siempre la misma). Y se alcanzará el paraíso de la ciudadanía zombi: literatura y comida a domicilio.
Otra faceta de esta decadencia es la contemplación reiterativa del pasado: bien para ser “valientes” en lo político con personajes muy desaparecidos, o bien para jugar a la postración castradora que facilita el manoseado esquema grandeza del pasado vs. pequeñez del presente; y así, en vez de tratar de revertir esta pequeñez, el mediocre se recrea acomodaticiamente en los males pretéritos. Porque ya se sabe, cuando no hay vigor en el pensamiento, lo mejor es arrimarse a la sombra de los convencionalismos.
Concluyo con los dos brochazos. No es cosa romana, más bien comienza en Sumer para gloria de los anunnaki y desde entonces no nos la quitamos de encima; me refiero a la murga de caudillismo y arquitectura. Esos símbolos de cemento que glorifican un ego y su poder. A menudo no hay dinero para los que lo necesitan: enfermos de ELA, personas en listas de espera en dependencia, miles de alumnos que estudian en barracones…, pero para proyectos que permiten corruptelas y espectacularidad fluye la pasta. De hecho, vamos a tener un rifirrafe con Marruecos en el mundial de futbol de 2030 para ver quién lo tiene más grande (el campo de fútbol, ya se entiende).
El poder imperial es un foco de atracción irresistible. Todo lo romano se imitaba. Para los íberos fue una modernidad barata e impuesta que otorgó supervivencia a quien la está perdiendo. Por eso se dejó de decir arno y se dijo vinum, y en vez de ogi se dijo panis. Pero bueno, eran otras apreturas y en el fondo se entendía que al ogi panis y al arno vinum. Peor es lo de ahora mismo, que el español hablado, sin otra necesidad que la flojedad social, está infectado de absurdos anglicismos que añaden confusión comunicativa so color de mostrar un prestigio únicamente perceptible por los tontos. Lo que antes era expectación ahora es hype, al flechazo se le llama crush, y el cabrón con pintas de toda la vida ahora es un hater ¡!¿? Ridículo y muy triste. Te miras en el espejo de tu lengua y te pasa lo de aquel verso de Georg Tralk: “vi que mi rostro me había abandonado”.
Si la herencia romana está en frágil equilibrio, el nuevo no orden mundial debería basarse en la creatividad moral humanista, no en el poder de la maquinaria estatal al servicio de las oligarquías del ocio adormecedor. Debería aunar individualidades libres capaces de redefinir, de un modo no opresivo, los esquemas de poder y comunicación. Debería primar las necesidades sobre las ambiciones.
Sé perfectamente que no va a ser así. Pero como soy viejo me gusta ser ingenuo.
- Gregorovius, F., Roma y Atenas en la Edad Media, Fondo de Cultura Económica. Madrid. 1982.



