De la cólera estética al like: por qué ya no sabemos crear contra el sistema

Otra vez un libro que trata de un proceso relativamente lejano nos servirá para encauzar perspectivas y desarrollar análisis sobre una circunstancia parecida, distinta y más cercana. De la mano magistral de Gerald J. Langowski¹ veremos un hoy con incómodos rasgos de un ayer.
El surrealismo es la forma expresiva que adopta la emoción del enajenamiento. Es un conceptismo supraliminal que permite concretar de un modo impactante la formulación mental que ofrece un creador tras unir elementos aparentemente muy dispares. No es locura, es razón herida que avanza por caminos destruidos. No es esnobismo, es desgarro experimentador. Y aparece en el momento obligatorio: 1924. Europa trata de asimilar los 18 millones de muertos de la I G. M; trata de olvidar que ya no existen la imagen ni el concepto autocomplaciente de Europa; que el clasicismo se ha esfumado; que la democracia no funciona; que la red clientelar del estado todopoderoso (fascismo/comunismo) tiene un mayor tirón entre las masas; que el capitalismo no es la solución inmejorable; que la ciencia y la tecnología dignifican la vida del hombre, pero contribuyen a su exterminio y a su esclavitud; que la bancarrota del mundo racional es evidente. El surrealismo fue una querella de antiguos contra modernos, pero también fue el final de una manera de vivir las cosas.
Ante este cuadro social de difícil digestión, y mientras el estrés postraumático occidental crea los “despreocupados” años 20, el surrealismo expresa reacciones engendradas en la desilusión vital que produce la rabia de ver cuánta juventud ha muerto defendiendo las ideas de los viejos. Hay en el nuevo modo artístico de manipular los signos de las cosas una cólera estética que quiere molestar a los señores de levita y barba venerable. Un ajuste de cuentas con el positivismo y con su jerarquía, que convirtieron la edad de los prodigios en la edad de las trincheras.
Muy bien. Planteémoslo ahora en términos de ahora. 2026. Sacudidos por dos guerras oficiales; la Europa burocrática de Bruselas tiene rostro de lápida; el clasicismo hay que fecharlo con carbono-14; la democracia es una terapia ocupacional manipulada por bots; el capitalismo encadena crisis; la ciencia y la tecnología están cambiando el concepto de ser humano; la bancarrota moral y el adormecimiento son palpables.
El panorama se asemeja, pero hay una diferencia sustancial: no parece que ahora estemos capacitados para el surrealismo, para la libertad creativa. Los movimientos de ruptura son rejuvenecimientos intelectuales en los que la cultura se utiliza como rayo defensivo ante las agresiones del sistema. Pero la sociedad del ocio es paralizadora. No potencia la impaciencia creadora, no convierte la insatisfacción en expresividad artística. Al revés: ofrece moldes eficaces de autosatisfacción para acomodar la rutina en ellos. Tiene además esta sociedad del ocio una trampa sutil: a medida que pierdes bienestar te aferras más a la porción que aún te permiten. No te rebelas, no rompes el paradigma, lo zurces y te acurrucas a su sombra. Te empobreces mentalmente. Eres más obediente y menos sabio.
Probablemente por estas razones, el malestar contemporáneo no se encauza por vías creativas surreales, sino por vías polemistas irreales. Llamativas, molestas, pero estériles. Tan poco rentables como lo woke (que se lo digan a la Disney); tan poco científicas como el maremágnum sexual, las teorías de la tierra recta, los complots pro o anti vacunas; tan aburridas como la deificación ecologista; tan insustanciales como la boutade identitaria semanal; tan volátiles cono una imagen en tik tok. Falta formación intelectual para desarrollar los ataques al paradigma que ya no satisface. Y por eso mismo, el paradigma no se inmuta, y convierte estos picotazos de mosquito en curiosidad adormecedora, en repositorio de likes. En neblina llamativa que oculta los problemas sociales imparables.
Esta situación, inevitablemente, nos lleva a un viejo dilema del arte: la incomprensión de un público acomodaticio y la responsabilidad del artista ante el problema social. Se siente en las neuronas que nuestra manera de representar la realidad está gastada, muy vieja, muy dormida. Público y creadores comprenden la necesidad de algo más imaginativo y más moral. Más valiente y más humano. Pero hay pavor a abandonar las sendas del ocio paralizante, a trabajar nuevas estéticas y gustos. Se ha lastrado la capacidad de aventura artística. Y encima no puedes rebelarte contra las levitas y los sombreros de chistera de un mundo insoportablemente viejo. Porque los mandamases de hoy son corporaciones sin entidad humana, rostros perfilados por un ordenador, políticos que no desarrollan sus ideas, sino que ejecutan una representación impuesta. Tal vez por eso, las películas de superhéroes son la única manifestación narrativa apetecible. Estos personajes tienen poderes que arreglan las cosas sin la asfixia de la burocracia; arrastran un fatum de tragedia griega que les engrandece; y lucen una estética y un vocabulario que puede ser abrumadoramente libre. Su fantasía nos despierta una voz interior de valentía; su desgarro emocional nos resitúa como humanos. Son nuestros compatriotas de sentimiento y de imaginación. Es más sugerente conocer a Deadpool que a la Constitución. Confiamos más en Los Guardianes de la Galaxia que en una comisión gubernamental.
No pinta bien el rumbo de las cosas, pero, afortunadamente, pese a todas las trabas del pensamiento único, la razón siempre capitula ante lo maravilloso; porque lo maravilloso concilia todas las contradicciones y permite expresar los problemas de la vida sin caer en el sermón o en la consigna. André Breton visita México en 1938 y su conclusión es la siguiente: «No intentes entender a México desde la razón, tendrás más suerte desde lo absurdo, México es el país más surrealista del mundo». No sé si le obligarán a pedir perdón desde ultratumba por opinar así. Desde luego no debería hacerlo, porque lo surrealista es la libertad artística ante una realidad percibida como ilusión pasajera, no como dogma fundador. Y es precisamente la desilusión ante los valores anquilosados y los dogmas lo que conduce a la búsqueda de lo maravilloso, a la formulación de nuevos sistemas lógicos de la emoción. Este proceso es el que acaba dando entidad ontológica a la comprensión surrealista de la vida. Más allá de frivolidades muy rentables, como cuando Dalí paseaba por París con un oso hormiguero. A esto último le llamaba Aragón la imagen estupefaciente: ese asombro que nos dice que la realidad puede ser lo que uno quiera. Claro que reducirse a la boutade, a lo epatante que no tiene recorrido, conlleva un peligro que vio Alejo Carpentier: la burocracia de lo maravilloso. El asombro repetitivo y oficialista que tan cómodo le resulta a la mediocridad. Pero bienvenida sea cualquier creación al margen de los cauces establecidos. Porque el arte aburrido es la antesala de la zombificación humana.
Por cierto, sería un buen ejercicio de discordia concors pedirle a una Inteligencia Artificial que fuera surrealista, que se pusiera los algoritmos por montera y experimentara el caos enriquecedor del subconsciente.
A fin de cuentas, ciencia y surrealismo nos remiten al tema de las fronteras de la mente. Algo que hoy en día es imposible no afrontar. Porque el gran tema humano de nuestro tiempo no es preguntarnos qué somos, sino hasta dónde llegaremos sin perder lo que hemos sido. Aceptar que la vida es química y matemática fractal, pero también divinidad, superestructura de confusión, principio de incertidumbre, interacción máquina-persona. Y que todo este futuro incontrolable debe conjugarse con la batalla moral del día a día. La que libran los superhéroes domésticos que mantienen los engranajes de la sociedad: familia, cohesión ciudadana, humor, pequeña libertad, progreso con moralidad, ilusiones, decepciones y la perenne esperanza en lo maravilloso.
Estos héroes que sustentan la verdadera realidad se merecen el oxígeno que da el surrealismo y que no se cumpla un deseo del surrealismo: liberar al tonto de la sentencia de la historia. Porque los que están aniquilando el humanismo no pueden irse de rositas. Los que convierten la convivencia en un relato a la medida de sus ambiciones no merecen una perezosa absolución. Los resistentes tenemos el derecho al pataleo verbal, surrealista o no. ¡Qué menos!


  1. Langowski, G.J., El surrealismo en la ficción hispanoamericana, Madrid, Gredos, 1982

 

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