Cuando la Razón se vuelve contra sí misma: historia, ideología y desengaño

Segunda entrega sobre John W. Burrow¹. Segunda aproximación al proceso intelectual que cubrió de orgullo y de espanto al Occidente: tantos siglos filosofando en pos de la Razón, y cuando esta alcanza el trono, no es que fuera una emperatriz desnuda, es que tenía una hermana gemela amenazante. Son gajes de familia.

En el desmembramiento del prestigio de la Razón, hay un momento especialmente áspero. El formado por el binomio Muerte intelectual-Muerte emocional. Tal vez llegue antes la muerte emocional, pero históricamente se percibe primero la muerte intelectual. Y es que, en algún momento, los pensadores dejan de creer en sus ideas, el proyecto nacional (o político) se convierte en una sarta de estereotipos, lo novedoso nace sin vida y nunca es funcional, cada paso hacia ninguna parte es un paso en firme hacia el abismo. Con este panorama, la ilusión de las emociones se evapora y la autoestima se disfraza, para mal, con sucedáneos. Uno de ellos es el de la visión retrospectiva y falseada del Yo joven. Se trata de un viaje neuronal en busca del tiempo de las ilusiones; de aquella edad de oro no contaminada en que se era apuesto, revolucionario y la mochila de fracasos no estaba a rebosar. El caso de Gabriel D’Annunzio es paradigmático: envejecido, tuerto, cocainómano, y duce de opereta del Estado Libre de Fiume; luchando contra estadounidenses, franceses, ingleses; posteriormente contra los propios italianos; estableciendo en la constitución de su país inexistente que la música “es el principio fundamental del estado”; y rindiéndose en cuanto cayeron las primeras bombas. La crisis de los 55 años le dio fuerte y le llevó del decadentismo a la ridiculez. Otro disfraz es más sutil y tiene un recorrido peligroso. Es el instinto de reordenar las causas y los hechos a partir de la organización de la memoria. Un nombre engorroso para explicar una actitud que siempre acecha. Se trata de crear un pasado a la altura de las realidades ideológicas posteriores o de las pulsiones personales narcisistas. Para conseguirlo, la Razón trabaja en dirección nefasta rellenando con “paisajes partidistas” los inevitables vacíos de la historia. O dicho en plata: falsificar la realidad para que todo encaje en una visión ideológica de los hechos o en una ilusión personal de lo escénico. Algunas de estas falsificaciones son de álbum de cromos: la célebre de los cascos viquingos, que jamás tuvieron cuernos. Fue, simplemente, otra hiperventilación de la historiografía romántica. Pero las hay que son siniestramente útiles para simplificar emocionalmente procesos muy complejos. Es historia sabida que cuando le dijeron a María Antonieta que el pueblo no tenía pan, la reina contestó: «Que coman pastel». Maldad aristocrática que justifica guillotinas. Pues bien, no lo dijo. Esto es una historieta que escribió Rousseau mucho antes (cuando María Antonieta no era reina de Francia ni por pienso) atribuyéndosela a «una gran princesa» que únicamente existía en su imaginación. Pero aquel recurso, propio del sentimentalismo lacrimógeno neoclásico que “comprendía” a los desfavorecidos, fue aprovechado por los publicistas revolucionarios para alentar una campaña de desprestigio muy exitosa. En eso consiste la organización de la memoria: en ofrecer un corpus de “conocimientos” y emociones que prefiguren ideológicamente el rumbo de los hechos. Y así se convierte en lógica histórica lo que fue una apuesta de las ambiciones. Estableciéndose en los libros de texto un determinismo ideológico falsificado. Esto es utilizar la Razón como arma de destrucción intelectual masiva.

Bajo ese disfraz sutil al que me refería antes, es como mejor se comprenden los epílogos de la crisis revolucionaria de 1848-9. Revolución significa gran transformación, y se produce cuando la Razón decide acelerar un proceso y poner en marcha mecanismos emocionales para conseguir el cambio de paradigma o de escenografía (bueno, además de la Razón también entran en juego otros factores: dinero bajo mano, conjuras, falacias, negocios innombrables, personalismos, sustitución social, etc). En el año 1848, la Primavera de los Pueblos, nada menos, lo revolucionario marcó un hito de subida y desplegó unas consecuencias de bajada que ahora mismo se están reproduciendo. Por ejemplo, el colapso del concepto de avance revolucionario de la historia: porque la pugna entre corporaciones del dinero y entramados ideológicos se decanta, de momento, hacia los primeros. Por ejemplo, el auge de los retornos místicos para acolchar la fragilidad del Yo: esa búsqueda de lo trascendente o de lo heterodoxo exquisito para separarse de la vulgaridad de la existencia. Hay tanta insatisfacción en lo cotidiano y tal hartazgo de realidad que vivimos la edad de oro de la teoría de la conspiración. Pequeño inciso: me tiene turulato “el pacto de la orilla”: un acuerdo entre orcas y humanos en Gibraltar que permitió el desarrollo de la cultura de Tartesos. Sigo con lo de antes. Por ejemplo, esos radicalismos de izquierdas y derechas que siendo los últimos tranvías de la revolución siguen circulando, aunque averiados, porque son acomodo mental de mucha gente sola. Y, por último ejemplo, las múltiples desilusiones personales y los pesimismos filosóficos que, a modo de post coitum triste, siguen a toda época de predominio de la razón revolucionaria. Esto puede resumirse en una cifra: el 8% de la población sufre depresiones. Desde la pandemia para acá este mal de corazón y alma habita impunemente en las ciudades. Todo los factores anteriores son propios del fracaso de una Razón ideologizada que considera urgente acelerar procesos de cambio y de “mejora”, pero que al fracasar, se reconduce hacia el descrédito rencoroso de sí misma. Agitando sucedáneos argumentativos para enmascarar el ocaso de la razón objetiva. Son esos momentos terribles de la historia en los que el análisis ético se revuelve contra sus planteamientos moderados y se automedica con un purgante de desengaño y rabia. O es esa Razón instrumental de la que avisó la escuela de Frankfurt. Y que en el fondo es Maquiavelo en una oktober fest.

Al hilo, más o menos de esto, es necesario recordar que una idea temible de Taine está siendo ahora mismo reescrita: la ciencia es infalible. Hoy en términos de “la IA es infalible”. Pasó en el XIX: la ciencia se convirtió en un nuevo entusiasmo y un nuevo paradigma esperanzador: la religión no había acabado con la pobreza, las ideologías tampoco estaban acabando con la desigualdad… Tal vez la ciencia podría hacerlo. Pero llegaron dos guerras tecnológicas mundiales y se pudrió el tecnoptimismo y el sonambulismo tecnológico. No es necesario decir que la ciencia ha contribuido decisivamente a mejorar el nivel de vida, pero también ha contribuido a otras desazones. Y de hecho, ahora más que nunca, vivimos inmersos en la gran oposición que puede marcar nuestro futuro: el mundo como flujo sensorial vs. el mundo como realidad científica. Un estudio de Microsoft señala que hay 40 profesiones que pueden desaparecer con la IA; desde asistentes estadísticos a profesores universitarios de economía pasando por historiadores. En contraposición, la IA será mano de santo en la cirugía asistida y en la detección y prevención de caídas de personas mayores que viven solas. ¿Qué hace entonces la Razón ante un futuro no ilustrado pero archi inteligente? ¿Se hiperracionaliza o se humaniza? ¿Mejora la cadena de razonamientos o se postra ante los algoritmos? ¿Enferma de pensamiento excesivo o se toma vacaciones en un balneario de frivolidad intelectual? O, tal vez, la fricción mental profunda en la relación humano-máquina será la pandemia que nos enclaustre a partir de 2030

Comprendemos una cultura porque la habitamos. Y la máquina forma parte de la cultura (desde las primeras lascas) porque la Razón vio en ella una apoyatura lógica para la supervivencia, es decir, una esperanza de mejora. Y andando el tiempo, comprendió que introducía en la vida una tensión renovadora y un proceso de aprendizaje basado en el error. Y, por supuesto, el necesario y costoso reajuste de paradigmas argumentales. No son inconvenientes, son los motores que perfilan el reprís de la Razón. Pero la gasolina para avanzar hacia el futuro debe ser el humanismo ético que permita hacer de la vida nueva un espacio con posibilidades de perdurar, de acoger lo nuevo, de crear vínculos de cultura emocional con lo que nos define. Allá va un lema: «Todo para el futuro, pero con el pasado». Creo que es la base fundamental de la convivencia. Porque tengamos en cuenta que, si la Razón no ve razonable lo que se le ofrece, estalla. Y con la tecnología estallará a lo grande. Eso explica, en parte lo que sucede en Francia. O lo que sucederá en España.

Y cuidado, porque después del estallido revolucionario siempre hay alguien que recoge restos y los ensambla a su manera. A su “razón”. Daba Rabindranath Tagore un buen lema del fanático: “La verdad depende de mí. Yo no dependo de la verdad”.


  1. Burrow, John W. La crisis de la Razón, Crítica. Barcelona. 2001

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