El libro de John W. Burrow¹ es una lupa de visión nocturna que permite conocer procesos cruciales camuflados y percibir detalles que aparentemente están ocultos. Y, para colmo, el título es tan actual que asusta: La crisis de la Razón. Es una obra densa y muy útil a la que le dedicaré varios artículos. Probablemente, porque necesito perfilar un malestar. Del mismo modo que un hiperdesarrollo tecnológico conduce a la catástrofe ecológica y social (uno de los temas favoritos de la ciencia ficción), estoy convencido de que un camino omnipresente y deshumanizado de la Razón crea monstruos argumentativos que conducen a la aniquilación del proyecto humanista. Y sin humanismo, alimentada sólo con el sesgo de la frialdad utilitarista, la Razón deja de ser un instrumento de supervivencia y crecimiento para convertirse en un camino represor de la dignidad humana. Camino que pasa por distintas estaciones: filosofismo excluyente, capitalismo calvinista, nihilismo terrorista, totalitarismos estatales, ideología woke. La Razón tiene un inicio interesante, pero culmina en Auschwitz y en los gulags; plantea un pinturero “pienso, luego existo”, pero acaba propiciando el pensamiento único ideológicamente preconstituido. Una Razón sin conciencia moral, sin humor, sin compasión, sin tolerancia es una cárcel que no tiene resquicios. Una Razón sin sinrazón es una pérdida de vida. ¿Es eso lo que nos deparará la incipiente Edad Biotecnológica Oscura? A algunos es lo que les gustaría. A otros lo que nos horroriza.
Cuatro vectores marcan históricamente el desarrollo argumental europeo moderno: la explosión del Yo creador (Renacimiento y Barroco); la unificación del pensamiento en un corpus academicista (Neoclásico); la conquista científica del mundo mental (Realismo y Naturalismo); el resquebrajamiento del universo lógico (Vanguardias). Todo ello trufado de acontecimientos intelectuales que causan revuelo, pero que no conducen a nada de provecho. Como la Frenología, de Gall: todo el mundo midiéndose el cabolo para saber si se pertenecía a una “raza superior” y debía menospreciar a los demás (por cierto, ahora esta murga ha evolucionado hacia el mantra de las altas capacidades de los niños; y hacia las altas capacidades de los padres para rascarse el bolsillo en colegios especializados). O la modernización lineal de los países subdesarrollados, que olvidó que el mundo es un organismo interrelacionado, y no una maleta con dinero.
A partir del segundo vector, hay una voluntad de controlar la libertad creadora del ser humano, implantando unos parámetros de corrección científica a la medida de los países de la Reforma protestante (y Francia de tapadillo). De modo que, bajo la apariencia de una ruptura con universos inquisitoriales (España es la mala oficial de esa mentira), se recondujo la experimentación mental hacia terrenos dominados y subvencionados, primero por la estructuras estatales y después por las grandes corporaciones del dinero. El punto de muestra de lo que iba a venir es el momento del siglo XIX en el que la Compañía de las Indias Orientales maneja un presupuesto ligeramente inferior al de la Corona inglesa (dos cárteles de narcotráfico, por cierto). Todo este encapsulamiento del saber condujo a la primera crisis de la Razón. Y entonces los pensadores se atrevieron a expresar un temor que algunos ya percibieron cuando los fastos de la Revolución Francesa: la Razón es, en realidad, una ilusión patrocinada por una élite antihumana; una fantasmagoría con orgullo que deja cabos sueltos porque es incapaz de integrar toda la vida. Y, resentida porque la realidad no le obedece, se decide por una aplicación ideológica de sus postulados. Y eso conduce al callejón con mala salida de la dictadura.
En ese proceso de toma de conciencia del peligro de una Razón sin contrapesos hay tres estadios que nos interesan. Uno es la desilusión de los intelectuales al comprobar, a regañadientes, que sus razonabilísimas ideas “se aplican siempre mal”. Es el “no es esto, no es esto” de Ortega. Lo catastrófico de este estadio es que a menudo va acompañado de la desilusión de los patriotas. Esto significa que la sensibilidad tradicional no reconoce el paisaje emocional y moral donde se habita, pero sí detectan un vacío de proyecto sincero, una ausencia de ética pública, un indisimulado ”sálvese el más pillo”. Y entonces sobreviene o bien la necesidad de huir de todo o bien la tentación de venderse a los presupuestos del estado y pignorar la dignidad a manos de un buen pasar. Esto que parece una crónica del 2026 no es nuevo en España; de hecho, esta espiral supuso el fracaso de la Restauración y su sistema democrático enfermo, y la ruina culminó en una II República que fue cancerígena a conciencia para mayor miseria de sus presuntuosos representantes.
Otro estadio crucial en este proceso es el de la reacción contra la asfixia del dogmático razonado. De esto se encargó el Romanticismo, dejando dos hijuelas de larguísimo calado. Por una parte, el anarquismo, con su célebre lema “destruir es un modo de crear”. Y con el razonamiento atractivo y pernicioso de que el fuego representa la voluntad del Fénix de conseguir una renovatio mundi ruidosa. Esta necesidad de adrenalina y de “violencia purificadora” la vemos actualmente en los movimientos adanistas, que pretenden romper con cualquier pasado que les resulte complejo de estudiar o incómodo de asimilar en su cuadrícula mental. El adanista es un vago con ganas de pelea. Decía Cicerón: “ignorar lo que sucedió antes de nacer nosotros es como ser siempre niño”. Pues eso es lo que algunos pretenden ahora mismo: diseñar un mundo a la medida de los Peters Pans asamblearios que analizan el pasado con emociones del presente. Y así, el tiempo que ganan no consultando bibliografía lo emplean hiperventilando.
La segunda hijuela fue el problemático acomodo del concepto de pueblo. Algo en principio alejado del elitismo de escuadra y cartabón racionalista. Y encima, para complicarlo más, bullían dos conceptos de pueblo: uno, el alemán, el volks, se centraba en los rasgos culturales y emocionales propios. Es el que dará pie a los nacionalismos. Otro, el francés, lucía la imagen de anónimos desheredados que pugnan entusiasmados por la revolución. Será el germen del internacionalismo. Fueron dos visiones que, con el tiempo, articularon conceptos políticos muy duros que alcanzaron todos los estratos del poder. Y aunque son gasolina de dos guerras mundiales resultaron comercialmente (artísticamente, si se quiere) muy rentables. De hecho, nos han educado la sensibilidad emocional. ¡Qué más se puede argüir para demostrar su eficacia!
El tercer estadio es el inevitable: en algún momento, el ímpetu de la razón se atrofia, aburre al respetable, esclerotiza sus razonamientos y su contenido se hace vacío de tan previsible. Entonces se convierte en cultura comercial conservadora. Propia de quien detenta el poder y controla el sistema de pensamiento. Es rentable porque ha formado a un público cautivo. Es seductora porque le permite al creador marchito un contexto seguro para repetir sin riesgo las vaciedades reglamentarias. Hoy en día es la única arma cultural de la izquierda. Y la obsesión por escoger, planificar y modificar el pasado mediante la memoria obligatoria es su proyecto para controlarnos definitivamente.
A la actitud de los que aceptan ese control absoluto de la Razón progresista se le llama conformismo emancipado. Y consiste básicamente en esto: tú te crees profundamente original y libre, y lo único que haces es obedecer lo que dicta el sistema. En un mundo que presume de independencia guay y multiculturalismo, nunca tantos fueron tan iguales.
Pero los controladores no pueden triunfar. Porque la Razón no contempla las mutaciones. Y, sin embargo, la mutación es el motor fundamental de la vida. Es lo inesperado sobrenatural que permite armonizar conciencia y rabia. Según Zacharia Sitchin llevamos genes de un anunnaki amotinado que se llamaba Weila. Un sujeto peleón que nos ha legado como herencia el estallido de una mutación liberadora. Al tiempo.
- Burrow, John W. La crisis de la Razón, Crítica. Barcelona. 2001



