La industria de las buenas personas

Museo de experiencias instagrameables

Cuando el deseo de parecer moral sustituye al esfuerzo de serlo

El magisterio de Juan Marichal¹ me obliga a cambiar el paso. No puedo glosar su caudal de conocimientos porque me quedo corto; no puedo tomar como punto de partida sus planteamientos porque no tengo recursos para desarrollarlos. Por eso, a lo más que me atrevo es a seleccionar algunas de sus sugerencias, verbalmente atractivas, y utilizarlas como microscopio para observar trazos ocultos que conforman nuestra personalidad; una especie de lupa sensible que facilita el acercamiento comprensivo a realidades que nos rodean, pero que, en ocasiones, no queremos percibir.

Libro leído y libro creído. Loables inconsecuencias. Histerias insignificantes

Esta tríada nos ubica en una constante española dolorosa. En un efecto colateral de decisivo alcance. Es sabido que aquí se lee poco y a menudo lo que no vale la pena. Y esa pésima formación se convierte en un lastre heredado de temibles consecuencias. La falta de preparación intelectual de la izquierda española en el siglo XIX y las lecturas francesas que adoptaron como referencia trajo como resultado no entender a España y despreciar pedantemente lo castizo. Pero es sin duda la aceptación irreflexiva de la Leyenda Negra, el aspecto más dramático de la tríada seleccionada. Siempre ha habido histeria negativa por parte de demasiados españoles a la hora de juzgar la obra de España, sobre todo, para no aceptar que protagonizamos la aventura más asombrosa de la historia. En algunos casos es un odio doctrinario, en otros es una pataleta histórica indecente: como si no se perdonara la derrota del 98 y por ósmosis maligna se necesitara borrar todo lo hermoso que hubo antaño. O César o nada; pero dándole a nada un sentido patológico de depresión patriótica y de negación del yo histórico. Historia de la conquista de Itzá, una crónica de Indias de Juan de Villagutierre, libro que poca gente habrá leído, es un ejemplo de lo que significó el sentido español de la compasión y el sacrificio; de la fuerza fraternal que tuvo la desconocida y masacrada Ilustración española. 1697. La campaña de Ursúa en el Petén es una constante de humanidad y esfuerzo. El argumentario básico es “no tenemos derecho a matar gente”; “esta es su tierra”; “la guerra de conquista no es lícita”; “si regresan en son de paz no hay represalias”; “si hay que luchar no se toca a niños ni a mujeres”; “no les quitemos la comida a los itzaes que han huido a las montañas”; “no disparemos el cañón que será una masacre”; “no bauticemos a los niños sin el permiso de los padres”; “hay que pagar soldada a los indios que nos ayudan”. Siendo un libro épico te dan ganas de gritar ¡que se besen! Pero para la corriente oficialista de odio a lo español mejor es ignorar estos libros, ya que siempre es más “progresista” y más útil políticamente afirmar que fuimos los malos de la historia y destruimos culturas admirables, que no celebrar que llevamos a América la buena nueva de la dignidad humana. Por lo visto, que te arranque el corazón un sacerdote maya que sabe calcular el equinoccio es una alegría enorme para la víctima. Que se coman a tu bebé gentes que conocen los eclipses es motivo de orgullo y consuelo para los padres. Ahora brujuleamos por argumentarios parecidos. Y los bebedores de doctrina hacen gala de una histeria programada ante lo “malo” español y de otra histeria gestual preconcebida ante la necesidad de que el buenismo les defina. Tiene lógica, porque la preparación intelectual es “aburrida” y lleva tiempo. Pero esta falta de conocimientos convierte el debate intelectual en un entorno disfuncional e insustancial. Y lo que es mucho peor: el apogeo de lo woke se corresponde con una de las mayores épocas de desidia moral. Y es que el deseo inconsecuente por hacer un bien imaginario origina muchos males tangibles.

Deseo básico totalitario: acabar con la persona privada

Rehacer el mundo con la vanidad geométrica de los ultranacionalistas

Decía Lord Acton que “el nacionalismo puede fragmentar el código de moral universal”. Este es uno de los ejes esenciales de la historia: la lucha de la primacía de la conciencia y la autonomía espiritual vs. la dictadura de los dogmas y la razón de estado. El ser humano se caracteriza por preguntarse cosas, por cambiar de paradigmas, por evolucionar. Esto es lo que nos ha hecho triunfar como especie. Y lo que nos hace enfrentarnos a otros humanos que únicamente se sienten felices viviendo en la dictadura de lo preestablecido. Hay dos maneras de conseguir esta dictadura: la primera es el desdén por la historia y el deseo de arrancar raíces. Esto se corresponde con la visión francesa de la Ilustración y llegará en tromba a la izquierda española. Azaña es un ejemplo: él deseaba “corregir” nuestra herencia histórica aplicando la Razón sin delicadeza. Pero esta “superioridad” intelectual excluyente sólo es buena para los creadores de odio. No tiene sentido humano; es una maqueta de idealismo y ego que aspira a una perfección grandilocuente, pero que nace rota. La segunda es el deseo de petrificar la historia, una actitud en principio ligada a la derecha que manejaba el poder (de ahí la reacción de Costa y lo de su «doble llave al sepulcro del Cid”), hasta que la visión izquierdista se convirtió en predominante y se alió con los nacionalismos para crear una base de falsificaciones y errores difundidos que han acabado convirtiéndose en monolítico ideario de uso y ascenso social. Pero no existe un único pasado colectivo. Ni hay “fallos” en la cadena histórica, ni debemos responsabilizarnos por crímenes cometidos por España en el sueño intelectual de algún iluminado, ni sirve como instrumento ideológico sensato esa cosa  televisiva de la distopía. Luz y taquígrafos para la historia. Libertad y ética profesional para estudiarla. Y humildad para no juzgar el pasado a través de nuestra emoción efímera y sesgada.

Épocas de aturdimiento personal que se consideran revolucionarias

Sustituir deberes reales por ficticios

La Transición tapó problemas estructurales de libertad y renovación social dándole al destape carácter de avanzadilla revolucionaria. Fue hermoso de ver, pero nos ha salido caro. Lo “revolucionario” al final se convirtió en un reacomodo de los grupos de poder y en una renovación de la fraseología. Y lo peor es que se sustituyó un modelo moral que nos hacía interiormente libres, por una losa doctrinaria que acabó atrapando a España en un maniqueísmo inoperante. Hoy, la ideología woke desvía la atención de lo crucial hacia  “experiencias”. Cualquier actividad es “experiencia”: una cata enológica, ayudar a los desfavorecidos. El tema no importa. Lo importante es que se pueda subir a Instagram. Que tenga relato y no te exija evolucionar como persona. La gente ya no habita sus circunstancias vitales, ahora aparece en ciclos de actuación preconcebidos que diseñan otros. No hay lucha con el destino, que por lo general es borde; hay “experiencias para equilibrar la desconexión”. Da lo mismo la comunión de tus nietos que un taller de vermut con gildas, una misa de octava que un cofre regalo sorpresa con “actividad de bienestar o de gastronomía”. Lo importante es no poseer un Yo diferenciado ni tener que asumir sus consecuencias.

Pero pese al cúmulo de malas sensaciones que se perciben, hay un tesoro espiritual que señala Marichal como el gran secreto de España: «el sentimiento cordial de la vida». Esa manera de entender al prójimo como una opción de humor y de ternura. Esto es tan español que, pese a todas las guerras civiles que hemos tenido (incluyo la moral que se está desarrollando ahora) ningún bando ha sido capaz de despojarnos de la mayor de las fortunas: la humanidad. Ahí la Leyenda Negra no ha sido capaz de meter mano.

Pero para que esa humanidad florezca con la fuerza imprescindible para triunfar hace falta la bravura. La voluntad genética para embestir al modelo de vida mustia que nos quieren imponer y dejar claro que no nos domesticarán. Nuestro futuro está en manos de los bravos y las bravas. Toro de lidia y tapa emblemática española. Ahí no entra la IA, ni la Agenda 20-30, ni la ingeniería social. En nuestra esencia, no.

Agarrémonos a la Fiesta: interclasista, libre, gritona y entrañable. Y a un plato de patatas en la tasca: interclasista, libre, gritona y entrañable. Que nos defina esta metáfora de calidez humana, y no la de la bandera que se cae.

Dignidad, libertad y sentimientos. Una sociedad de bravos y de bravas. No existe otro modelo para desarrollar nuestro futuro. Porque una España sin proyecto moral es un país inhabitable.


  1. Marichal, J., El secreto de España: ensayos de historia intelectual y política. Madrid. Taurus. 1995.

 

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