Una reflexión sobre el idealismo que pretende ordenar la vida y descubre muy tarde que la vida no obedece al guion
El encontronazo entre teoría y realidad es una de las constantes históricas más recalcitrantes. Porque es imposible sustraerse a la ilusión de ciertas ideas que desprenden aura, y a la seudocerteza de que su ejecución será beneficiosa para la sociedad… Pero una vez aplicado ese hermoso idealismo, tantísimas veces se escucha el grito de Las Ventas: ¡Pum…, petardo! Y después vienen los daños colaterales, en lo personal y en lo social. Algo de esto veremos a continuación, siguiendo un perspicaz estudio de June K. Edwards¹ que nos muestra cómo las palabras bellas se marchitan inapelablemente.
La Ilustración neoclásica (que es la evolución del Barroco hacia lo conceptual analítico) aportó dos bonitas imágenes que han triunfado en la pintura y en los libros de textos, pero que resultaron dos peligros para la tradición cultural. Uno es la cultura de salón: con su esnobismo cardinal, con su erudición trivial sin base, con su necesidad de ser constantemente original y atrevida. Hoy este papel lo asumen los influencers. El otro peligro es la retórica del enciclopedismo: de nuevo con su raíz esnob y, sobre todo, adanista; con la necesidad de aumentar exponencialmente el criticismo para sobrevivir como voz nueva que capta la atención; con la sustitución dogmática de la religión a manos de la ciencia; con la pontificación absoluta de lo peor del ego: el peso de la voz propia como medida de todas las cosas. Ambos peligros trabajaron juntos, buscaban los mismísimos aplausos y ocupar amplios espacios de influencia. E inevitablemente, convirtieron una parte del saber en algo superficial e incompleto. Desacreditaron unas reglas para implantar otras. Combatieron la superstición religiosa con supersticiones científicas que daban valor absoluto a lo que eran hipótesis de trabajo. Resultado: la omnipotencia de las reglas y el poder de las Academias asfixia el criticismo; y la superstición abarata tanto la Fe como la Ciencia. Hoy estamos en los mismos parámetros de rotundidad y pasmo. Pero aumentado con la precipitación que caracteriza al moderno sistema de difusión de conocimientos, que se conforma con llamar la atención en redes, que se sumen las visitas y ya está. No hay rigor ni responsabilidad. Todo el mundo es experto en asertividad. Pongo ejemplos de YouTube como quien tiras piedras: No comas sardinas en lata si ves esto. 7 errores al comer sardinas. Beneficios de las sardinas en lata. Descubre por qué las sardinas en lata son un súper alimento. Y así hasta el infinito de sardinas y seudoverdades.
Los creadores de opinión y gusto neoclásicos querían ser personas de ciencia y de conciencia. Un grupo selecto que se autodenominaba Ilustración y que confiaba en la fuerza educadora de la sensibilité. Una idea fuerza que, aunque al final acabó guillotinando a quien discrepaba, al principio fue una oleada argumental de sentimientos y actitudes que gustó y se copió por todas partes. Su banderín de enganche era un racionalismo sentimental destinado a corregir todas las injusticias, y a mostrar los sentimientos propios de una élite educada, pero sin necesidad de exhibirlos teatralmente.
El problema es que este planteamiento se diluye fácil. El ser humano es un animal teatral y, si exhibe sus defectos, cómo no va a querer exhibir unas virtudes sancionadas por los santones de la opinión pública. La casta superficial y poderosa tiende, por necesidad de supervivencia de su mente opaca, a considerar que su modelo vital es lo único que existe y, por con siguiente, sus temas y placeres son lo único que importa y, por consiguiente, tienen la obligación de ostentarlos. Acto seguido se encierran en una imago mundi placentera y se olvidan de que el mundo no se para. Por eso ponen cara de memos cuando les alcanza la revolución. Los filósofos enciclopedistas formularon ideas formidables sobre justicia social, les preocupaba el problema de la pobreza de París, pero no hablaban en los barrios pobres, sino en los salones de las preciosas ridículas tomando chocolate caliente y mignardises. Hoy vamos por el mismo rumbo. En Cuba el 94 % de la población vive en situación de pobreza extrema, pero el entusiasmo de la izquierda woke es que gracias al alcalde socialista de Nueva York las nutrias han vuelto al río Bronx. Cuántas veces a los hombres de ciencia y de conciencia se los lleva la trampa y la representación.
En ocasiones, por su ingenuidad apresurada, o por su falta de preparación para analizar la realidad desnuda. Y, en ocasiones, porque tanto buenismo publicitado enmascara un tipo de fanatismo retorcido. Los hombres sensibles neoclásicos aspiraban a dirigir una nación fundada sobre la virtud. Se pretendían hombres de bien gobernando a hombres de bien. Todo enternecedoramente razonable. Lo malo es que la razón idealista fracasa a la hora de ordenar el mundo porque convierte la vida en algo estático, sin cambios, en una teoría que no admite excepciones. Esa es precisamente la anti definición de vida. Y el gatillazo conduce a la algarada. Y es que una cosa es el idealismo sentimental y otra definir hombre de bien. Una cosa es formular un decálogo sobre bondades cívicas y otra que la vida caiga de bruces sobre ti. Pasada la fase teórica, siempre llega el momento de tomar partido; y entonces… Olympe de Gouges fue una escritora francesa que escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1791, pidió el voto y la igualdad legal para las mujeres, luchó contra la esclavitud de los negros… Murió guillotinada el 3 de noviembre de 1793 en París, acusada de traición a la patria y de enemiga de la Revolución. Los dos conceptos más evanescentes de la historia.
La realidad está obligada a luchar contra los laberintos de la mente, que toman forma de compañeros de viaje ideológico, o de fastidio universal romántico, o de reformulaciones teoréticas novedosas carentes de sentido. Y esa realidad incómoda tiene la obligación de saber que nada es inmutable, salvo la conciencia. Todo lo demás está en manos del viento intelectual que sople. A Doña Malinche se la considera traidora o creadora de México según ondee la pancarta electoral; a Judas hay quien lo define como “un discípulo desorientado que tomó un camino discutible” (de hecho, lo pintan en plan conspirador centroeuropeo del siglo XIX); Bruto, siguiendo este proceso, pasa de asesino ingrato a purista del concepto senatorial oligárquico republicano (que tampoco es que lo mejore mucho). Y en España, por retornar a la época que comentamos, está el caso de los afrancesados: compañeros de viaje de actitudes que, a buen seguro, les debían repugnar. La teoría cívica de Napoleón quedaba bien, el deseo de progreso moderno para España era un estereotipo que se aceptaba obedientemente… pero los pelotones de fusilamiento de Napoleón, los saqueos, la destrucción del tejido económico español. ¿Se podía convivir con eso? Qué imposible es servir a dos ideas.
El concepto de patria siempre decepciona al racionalismo frío. Pero es que el racionalismo tiene como pecado original quedarse corto a la hora de comprender que la patria no es un concepto intelectual sino una emoción que se articula con la dignidad de las personas. Lo que sucede es que siempre es más sencillo modificar por decreto un sistema de pensamiento que acabar con las desigualdades y con la pobreza. Siempre es más cómodo refugiarse en la grandilocuencia que descender hasta el barro de la necesidad y hasta el corazón de la sensibilidad. Más cómodo mirar con gafas oscuras un eclipse que con gafas sensibles la situación de Ceuta.
Al final de todos los vaivenes, los dos únicos logros sensatos de la Razón fueron la proliferación de sopas y estructurar el arte de la tauromaquia. Y lo fueron porque emocionaron a una sociedad interclasista. Disfrutar con un buen plato de cuchara y ser partícipe de un rito atlante es rozar el estatus de los dioses. Es habitar en el Olimpo de la dignificación del paladar y asistir a una demostración de teología geométrica suprema.
Son esos dos hitos de la tan enaltecida Razón a los que yo me aferro. Porque en una España a la deriva de su desorientación y apatía moral, la gastronomía familiar y la temporada taurina son dos buenos compañeros de viaje. Morante de la Puebla y una sopa de fideos son dos faros que no se apagarán.
- Edwards, June Kingnt, Tres imágenes de José Cadalso: el crítico, el moralista, el creador. Universidad, Secretariado de Publicaciones. Sevilla. 1976



