Una literatura baja en calorías intelectuales nos convierte en zombis de la lengua

Como lo considero un cofre del tesoro, meto mano en el libro de Hans Jonas¹ y extraigo valiosísimos recursos para argumentar sobre circunstancias inasibles, y a menudo insoslayables, de nuestra personalidad social. Ese algo perturbador que está ahí, que se percibe, pero se escabulle.
En nuestra conformación como persona humana (esta expresión hace años era objeto de burla por considerarla una redundancia ridícula, pero no es así. El Renacimiento distinguía entre persona: entidad biológica con sus derechos inherentes; y persona humana: entidad biológica con la que valía la pena convivir e intercambiar conocimientos) hay un punto de partida que se ha olvidado peligrosamente: que la Cultura se emancipa de lo local y alcanza una validez universal mediante la literatura y la reflexión moral. Este proceso formativo nos otorga un conocimiento “humanista” que nos permite competir en la esfera de la discusión racional. Nuestra “obligación” como persona humana es leer, reflexionar, hablar, saber oír, argumentar, modificar posturas, tener criterio y establecer una corriente mutua y continua de enriquecimiento. La tragedia es que esta plataforma humanista se asienta en tres pilares que se están destruyendo concienzudamente. De tal manera, que el concepto de Cultura ha variado por completo, y no para mal, sino para terrible.
El primer pilar es el de la curiosidad universal, que nos permite escapar del espíritu de campanario y comprender la diversidad que nos habita. Hoy la curiosidad se reduce a subir fotos de comida y a mirar con medio ojo asuntillos de tiktok. Y, en inevitable consecuencia, a aferrarnos a lo local más excluyente para protegernos de los “peligros” de la exploración intelectual; o dicho a lo moderno: salvaguardar nuestras inseguridades perteneciendo a un grupo dogmático de estructura piramidal, a ser posible odiador de algo. Nunca la fragilidad del ego ha sido tan agresiva.
El segundo pilar es la literatura: fundamento esencial del desarrollo social. Pues bien, hoy asistimos a la muerte de la literatura. Y mucho mejor que yo, lo explica una youtuber excelsa, booktrovertida, por ejemplo en su vídeo La simplificación de la literatura. Si la literatura es alimento reflexivo, una literatura baja en calorías intelectuales nos convierte en zombis de la lengua. En seres con el cerebro y la conversación precocinados.
De socavar el tercer pilar, la reflexión moral, se encarga el relativismo woke, propiciando y sometiéndonos a una falta de oxigenación intelectual en la que algunos se sienten perezosamente cómodos. Estamos hablando de un mecanismo siniestro de neoesclavitud a partir, no del látigo, que también lo hay, sino de la falta de discernimiento para notar que se nos manipula. Nos quieren esclavos felices en hombros de un hecho estremecedor: el Efecto Flynn inverso. Tras décadas de subidas constantes, el promedio del coeficiente intelectual (CI) está descendiendo. Sobre todo en las áreas de lógica, vocabulario y matemáticas. Es sabido que la visión ilimitada de la vida y sus expresiones culturales sucumbe siempre ante la oficialidad restrictiva. Pero si encima la oficialidad tiene como objetivo hacernos tontos…
La palabra clave en este proceso de empobrecimiento cultural es uniformidad. Porque la madurez intelectual cosmopolita es precisamente lo opuesto a esta uniformidad aburridora. Ser cosmopolita es una finalidad moral anclada en el librepensamiento curioso que decide elegir el riesgo intelectual. Y su pretensión es que la acción se corresponda con la virtud mental de la persona. Entendiendo que no hay nada más hermoso que las conquistas culturales mutuas: tú disfrutas en usufructo del patrimonio universal y esa cultura se engrandece con tus aportaciones, o al menos con tu voluntad mental de sostenerla y propagarla. No se trata de darle al dedito, sino de conocer las cosas, respetarlas y valorarlas consecuentemente. Sin censurarlas ni apartarlas dogmáticamente. Conociéndolas y utilizándolas o no. Pero sin cancelaciones. Manteniendo siempre una mentalidad amplia, porque el cosmopolitismo se nutre de una comprensión dinámica y no bélica de lo nacional y de lo emocional. Y consiste en darle un valor trascendente a lo que te otorga fortaleza moral y eficacia humana, no de convertirlo en arma arrojadiza de ruralización mental. Ya que uno de los grandes peligros del ser humano sin formación humanista es transformar la cultura local en ideología. Eso es dialogar a pedradas. El otro gran peligro es utilizar la ignorancia como emoción canonizada. Y entonces se es capaz de decir cualquier barbaridad tomando como cita de autoridades una mente en blanco y un corazón hiperventilado. Otra vez el ego frágil como amenaza para la convivencia. Cada época utilizó, como si fuera nueva, una expresión romana: “antaño florecía el estudio”. Era un modo de criticar actitudes modernas con un estereotipo que quedaba bien. Lo malo es que hoy el adanismo ha convertido ese antaño en algo malo y ese estudio en algo peor. La santa ignorancia progre es una revolución cultural igualadora de terribles resultados: ignorantes que guían a ciegos hacia el precipicio.
Aunque hay que ser honestos y reconocer una de las características fundamentantes del cosmopolitismo antiguo: mientras Oriente era distinto en cada región, la Hélade era igual en todas partes. Occidente tiende más a la uniformidad y a lo sistemático. De ahí que lo oriental exporte modas y religiones que occidente asimila y reorganiza. No es un ataque a ninguna esencia, simplemente debe tenerse en cuenta que la unidad se forma mediante la pluralidad. Sumando aportaciones de cualquier mente y cualquier sensibilidad. Y que la cultura es tan fascinante que puedes leer por la mañana a Lope de Vega, comer a las dos un pollo tika massala, ver por la tarde una película coreana de zombis y disfrutar de noche, después de cenar un buen ceviche, con cualquier chirigota del Yuyu. Esto no es un entorno disfuncional y desunido; esto es abrir la opinión y la conciencia a la extraordinaria variedad que nos rodea. Y decirle ¡No pasarás! a la tristeza, a lo preestablecido, a lo que nos limita.
Pero ojo a las perversiones del significado (la lengua de los políticos es el ejemplo esencial). Y al divorcio entre la realidad y la opinión (esos idealismos prevaricadores). Y al pensamiento Alicia², que te desliga de lo cercano y de tomar el toro por los cuernos. Y al peligro de un orden vacío de divinidad moral, que convierte tu gusto en la medida de todos los saberes. Y ojo a la gran pregunta que sintetiza todas las ideas anteriores: ¿cómo se implican las personas en el negocio del mundo? Porque en ocasiones la filosofía de una situación particular ocasiona tragedias generalizadas. Y eso es intolerable. La soledad del yo no tiene por qué pagarla la gente que te rodea. La fragilidad personal no se sana prohibiendo la felicidad del otro. Hay que establecer barricadas de decencia anti egoísmos. Y decir sin ambages que la mediocridad y la rabia para quienes la trabajan.


  1. Jonas, Hans.  La religión gnóstica: El mensaje del Dios Extraño y los comienzos del cristianismo. Ed. Siruela. Madrid. 2000.
  2. Bueno, Gustavo. Zapatero y el Pensamiento Alicia. Un presidente en el país de las maravillas. Temas de Hoy. Madrid. 2006

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