Cuando un primer espada de la historiografía, como Tulio Halperin Donghi¹, reseña parámetros que no cesan de cumplirse te invade un escalofrío de preocupación. Y si esos parámetros hacen referencia a Hispanoamérica el escalofrío se intensifica por una razón emocional muy simple: no se puede ser español si no es a través de lo americano. Y duele comprobar cómo los dioses prehispanos y los elohim de la Biblia han lanzado contra nosotros la misma aburrida calamidad: que la historia se repita como si no fuéramos capaces de modificarla. La mandanga del tiempo circular erosionando las ilusiones limpias.
El germen de este problema recurrente es la grandísima insatisfacción que trajo la modernidad revolucionaria a Hispanoamérica, porque el futuro entrevisto por las logias, imaginado por oligarcas preindustriales con ímpetu feudal, y escrito por asalariados de Inglaterra, se dio de guantazos y de desalientos con la sombría realidad que vino tras la independencia. Y esta brecha entre lo que se tenía, lo que se quería y lo que se logró no ha podido reducirse ni disimularse con una argumentación sensata; y es, todavía, una herida abierta para perplejidad de los que creen en los paradigmas calvinistas de progreso. Por esta razón, y para ocultar la trampa, a la mínima posibilidad intelectual se huye de los problemas del presente para esbozar grandilocuentes futuros imprecisos o inventar pasados indigenistas imposibles. Todo, menos analizar la realidad en su crudeza. El tema de los nombres propios es ilustrativo de la ficción autocomplaciente y de las modas de la izquierda caviar “que compensa los errores de la historia”. Por eso, a poco que se descuida un criollo bien blanquito del barrio de Polanco, le encasquetan Cuauhtémoc en el CURP. Y si la que se descuida es una blanquita del barrio de Miraflores le ponen Wayra (que es viento en quechua) en el RENIEC y se restauran, de paso, las energías de la Pachamama. Se decía antaño que el nombre es el hombre… pero, no.
Y esa falsificación de la realidad nos lleva a otro parámetro que siempre ha gravitado sobre América: la posibilidad de ver al homo novus prosperando en estructuras nuevas… pero fracasando porque al final reproduce las estructuras viejas. El tópico de la senectus mundi tuvo su contrapunto argumental y renacentista en la virginidad política americana. Se sintió en aquella maravillosa nueva tierra la posibilidad de desarrollar una sociedad mejor que la que ensangrentaba a Europa. Y fue así, aunque no fue así. Y las cosas tuvieron un rumbo interesante hasta que la nueva filosofía se empeñó en aniquilar las cosas. Pero sucedió que las estructuras viejas no eran necesariamente peores que las nuevas. Y sí eran más morales. Menos favorables para el capitalismo, pero más respetuosas con la dignidad humana. Pero como tal vez es imposible detener las epidemias de verborrea de la historia, se impuso el argumentario de la Europa protestante y las revoluciones ilustradas dejaron cadáveres, literatura exaltada, arrebatos románticos en la oratoria y oligarquías violentas disputándose el poder. Demasiado siglo XIX para digerirlo bien. Demasiada guerra civil para poder edificar una esperanza.
Por eso los ganadores en Hispanoamérica (los que ganaban hoy y perdían mañana, ya se entiende) recurrieron al terrible sistema de la disciplina por el terror. Tenían claro que el miedo reeduca a los ilustrados, acalla a los campesinos, convence perennemente a los apocados. Es el triunfo del pretorianismo, militar o de partido único, que siempre ha tenido glosadores incansables. Unos porque prefieren el estatismo de la dictadura al vértigo de la libertad; otros porque pueden formar parte del cuerpo burocrático de la dictadores y sacarse un sueldo. Y otros porque el tema del autoritarismo progresista y la tiranía honrada ha tenido un gran predicamento. Demasiadas veces se ha buscado y jaleado al cirujano de hierro y selva que implanta “sanadoras estructuras nuevas”. Y demasiadas otras veces ha seducido la murga del avance por explosiones “populares”. Sacudidas sociales que llevan como bandera el acceso al poder de una idea limpia de progreso y justicia, pero que en realidad están dirigidas por grupos con estructura gansteril que llenan la vida de la gente con soflamas sobre renovaciones muy ambiciosas y muy imprecisas, que dan alas al nacionalismo rencoroso, y que implantan una pedagogía implacable para acallar conciencias, programar mentes con mantras y convertir la esperanza en una gran pereza de la que no se sale.
Compañera ineludible de este proceso es la técnica de adoctrinamiento nacional, que rehace el pasado e implanta en la “conciencia oficial de la nación” pretéritas autosatisfacciones sin sentido, rencores virulentos incapaces de aportar la solución a algo, primados negativos por supuestas injusticias que cometieron los supuestos antepasados de alguien, falsificaciones de obligatorio aprendizaje. Y así hasta el infinito de wokismo. La Cuba España (no española) era una de las zonas más ricas de Occidente Esa herencia se mantuvo hasta 1959. De entonces para acá todo son murales revolucionarios y miseria. En las Leyes Indias de Burgos (1512) se incluyeron disposiciones específicas para proteger a las mujeres embarazadas y limitar el trabajo de los niños hasta los 14 años. Pues bien, la asimilación forzada de los indígenas y el vomitivo “proyecto blanqueador” destrozó la vida india en el México independiente. En Chihuahua se aprobó en 1849 la ley de cabelleras: 100 pesos por cabellera apache (la de mujeres y niños, 50). Y es que apaches, kikapúes, semínolas, yaquis, pimas, mayos y ópatas no formaban parte de la nación mexicana; y si no tenían entidad ni vida, qué importa la manera de morir. Pero le pones Cuauthémoc a tu hijo y todo está curado.
Para acabar con los parámetros repetitivos que tanto nos perturban, hay que recordar la fascinación intelectual por las ideas absurdas. Son monstruos de la razón y del egocentrismo. Onanismo funesto y no privado. Jugar con la vida de las personas porque una idea en un papel queda bonita. Iluminados con desapego por lo que les rodea y un sentido mesiánico de su propia inteligencia jugando a dioses “educadores” de gente “inferior”. O desasosegados de la vida que sienten como una herida propia algo que probablemente no pasó hace 500 años. Indignante. Y lo peor es que la América del homo novus es campo ideal para estos disparates. Blasco Ibáñez tuvo el delirio de crear un colonia idílica en la Patagonia con arroceros de Valencia. El delirio terminó en un petardazo. Pero Blasco aprovechó para viajar por Norteamérica y hacerse millonario con Los cuatro jinetes del Apocalipsis. A principios de siglo XX Toivo Uuskallio (finlandés, claro) decidió que el futuro pasaba por crear una sociedad vegetariana y abstemia en la selva brasileña. La cosa acabó como el rosario de la aurora boreal, con gente malnutrida alimentándose de plátanos exclusivamente. Eso sí, las saunas se quedaron en Brasil. Y esto puede dar risa, pero lo del miserable hijo de millonarios Regis Debray y su gauche divine jaleando revoluciones en la selva, jugando a guerrilleros con foulard mientras saboreaban un Marie Brizard en coquetos cafetines de París da un asco incontenible.
Ante este panorama, parece que la historia nos susurra que la solución consiste en renunciar a la búsqueda de la solución. Pero esa es la mayor de las falacias. La apatía no es una respuesta, es una colaboración con los que nos oprimen. Y más si tenemos presente que Hispanoamérica y España son lo mismo. Sus problemas y su decadencia es la nuestra. También lo es su grandeza y su esperanza. Porque las tierras de América jamás fueron colonias: fueron la madre patria de nuestra voluntad de crecer y trascendernos. España se descubrió a sí misma un 12 de octubre de 1492. A partir de entonces entendió lo que le gustaría ser y se entregó al concepto de misión con un entusiasmo que nos justifica como pueblo. Al final se perdió el envite desgarradamente, como pierden las grandes batallas los viejos dioses. Pero ahora que el paradigma ilustrado está cayendo, quién puede garantizar que no renaceremos como los viejos dioses y seremos “españoles de América y americanos de España”.
Como dijo el viejo dios Rubén Darío.
- Halperin Donghi, Tulio. Historia contemporánea de América Latina. Alianza Editorial. Madrid. 2013



