Hay tres virtudes que permiten llegar lejos: tener una amplísima cultura, ser capaz de interrelacionar ese conocimiento cultural proyectándolo hacia el futuro y desarrollar una prosa agradable. Si encimas te llamas Arnold Toynbee¹ puedes llegar mucho más lejos. Sobre reflexiones antiguas, que todavía sirven, trata esto.
De entrada, recordar los tres conceptos que enmarcan la vida en sociedad: ciudad tradicional – ciudad mecanizada (informatizada, matizaríamos ahora) – ciudad mundo. La convivencia/oposición de estas tres opciones carga de significados el devenir humano. Y desarrolla, en consecuencia, un catálogo de problemas emocionales que afectan directamente a nuestra dignidad. Por ejemplo, ¿era más sencillo el acceso a la vivienda en la ciudad tradicional o en la informatizada? ¿Qué se digiere mejor: vivir en los límites de la despoblación del norte de Alaska o en los suburbios de una ciudad con 32 millones de habitantes (Delhi)? ¿Era más segura la Jericó del Holoceno o la Tijuana de los cárteles? ¿Dónde habitaba con más serenidad el Yo interior: en los monasterios castellanos del siglo XIII o en la ciudad mundo de internet? No se puede despejar la incógnita porque la complejidad humana no cabe en una respuesta reductora. Y porque tampoco hay datos libres de emoción que demuestren algo con relativa certeza. Pero sí se desprende del desamparo social y de la desestructuración mental del siglo XXI la nostalgia por un paraíso difuso, la búsqueda de un paradigma perdido que nos permita vivir sin tener que recurrir al relato para enmascarar la vida.
La gran tragedia moderna es la del ser humano sacrificado por un ambiente artificial. Es la desorientación del yo ante un modelo de progreso diseñado en aras de la productividad, no de la autoestima. Es la implacable implantación en la cultura de la cotidianeidad de la idea más destructiva de la historia: la vida es el arte de vivir sin ilusiones. Y es que el tecnofeudalismo que se impone nos obliga a perder el arraigo en aras de una rentabilidad ajena. Si escuchan El cielo del albañil, esa maravilla de Tarragó Ros y Teresa Parodi lo entenderán perfectamente. Y harán de la reflexión un estremecimiento.
Otra reflexión nos lleva al devenir de un proceso analítico que nunca se resuelve: la ciudad enorme y tecnificada provoca orgullo, provoca consternación, provoca orgullo… y viceversa y sucesivamente y hasta el infinito. No hay capital de imperio que no haya soñado con ser la capital del mundo. Y no hay propagandista de ese imperio que no haya ocultado la némesis de una torpeza moral: convertir el triunfo tecnológico en una calamidad social. Y es que hay un choque no resuelto entre la imparable renovación tecnológica y una ecología del Yo que nos permita preservar intimidad, sociabilidad y calidad de vida. Para entender un aspecto cito a Javier Urra: “el ciberacoso es la mayor causa de suicido en niños”. Y para entender otro aspecto recuerdo que en 2018 Inglaterra creo el Ministerio de la Soledad, porque “la soledad en las grandes urbes se extiende como una pandemia”. Individuos que pululan sin tribu, sin esperanza y sin raíces por grandísimas ciudades que no escuchan, que no ven, que no son capaces de compadecer es otra de las enormes tragedias que nos acompañan. Y personas que en la edad de la formación de la personalidad (y de la felicidad) están a merced de depredadores omnipresentes, anónimos, sin carne, es otra de esas enormes tragedias que nos acompañan. Claro que esta terrible situación nunca se valora en las hipótesis de los idealistas; para ellos el futuro tecnológico que diseñan sus ensoñaciones y que patrocinan los grupos de poder siempre es mejor que lo que ofrece el presente de indicativo emocional. Pero ya se sabe, al idealismo le estorban las personas.
Esta disfuncionalidad ha sido clave en el progresivo deterioro de la idea humanista de Europa. Y parte de una realidad no siempre comprendida: la ciudad estática tiene un lenguaje; la ciudad mecanizada otro. Y no es sencillo modificar esas estructuras lingüísticas, que es tanto como decir tu manera de relacionarte con tu yo social. El modo de encajar palabra y tiempo cuando el concepto de cotidianeidad se modifica. Es la perplejidad que les produce a los atareados neoyorquinos ver a Cocodrilo Dundee saludando a la gente en la Quinta Avenida como si se encontrara en el despoblado norte de Australia. Y es, dicho en términos de historia literaria, la aparición de la novela picaresca: que refleja la supervivencia del desfavorecido espabilado que habita una ciudad vieja con exigencias nuevas. Esta situación la sintetizó el panfleto que decoraba las paredes del Madrid en recuperación y en caos de finales del XVII: “peor está que estaba”.
De todo esto nos queda una certeza y una opción. Vamos primero con la opción, que estéticamente es interesante, y en las series televisivas se exprime hasta la saciedad: el anacoreta que sobrevive en Ecumenópolis (que es como se llamó durante un tiempo al proyecto de aldea global). Un ser humano, encerrado en su tristeza y en la realidad alternativa que le ofrece el ordenador, tratando de administrar sus inseguras habilidades sociales. En las películas, estos anacoretas desarrollan a veces una mutación que les convierte en superhéroes y acaban enamorados de otra inadaptada con superpoderes. No digo que no pase. Pero en el grisáceo día a día aumentan los casos de solitarios ciberdependientes: para el amor, para tomar una decisión autónoma, para poder construir una conciencia, para poder lidiar por ellos mismos con la complejidad del mundo. Ya existen los primeros ciborgs. No con un brazo convertido en lanzallamas. Sí con un alma convertida en un vacío y un cerebro convertido en atonía. Para ellos el fin del mundo es una caída de Internet.
La certeza la conocemos todos, pero… La ciudad habitable equivale a la supervivencia de la raza humana. La OMS trata la soledad como epidemia moderna. Y se escriben sesudos informes, pero no se actúa. Esa soledad viene potenciada por la aniquilación de la posibilidad de desarrollo más vieja y fructífera de la historia: formar familias con hogar propio. Había alojamientos más humanos en Altamira que en la ciudad mundo. En Mogente, en el poblado íbero de La Bastida de les Alcusses, siglo IV antes de Cristo, las casas estaban entre 80 metros cuadrados las pequeñas y 150 las grandecitas. Ahora los jóvenes tienen que vivir en una habitación de 12 metros o dormir en un sofá y trabajar en situación de esclavo, con acceso a Amazon y tardeo los fines de semana, para poder pagar esa habitación o ese sofá indecentemente caros. Y todavía nos dicen que el paradigma actual no está hecho añicos.
Los tres cerditos construyeron tres casitas. Una de paja, otra de mad… Eso no importa; lo que asombra es que les concedieran un crédito para comprar materiales, que encontraran suelo urbanizable, un plan general de urbanismo sensato, que tuvieran capacidad para independizarse, que no encontraran trabas burocráticas para el permiso de obras… Los tres cerditos construyeron tres casitas. La sociedad actual está asfixiada. Como el lobo después de soplar tanto.
- Toynbee, Arnold, Ciudades en marcha, Madrid, Alianza Editorial, 1991.



