El espejo roto del intelectual: maniqueísmo, nostalgia y distorsión de España

Al final, tarde o temprano, llegas a E. Inman  Fox¹ para entender las emociones y los planteamientos que desazonaron a varias generaciones de intelectuales y que dieron forma a una manera de leer España hasta el año… ¿2014? Una manera dolorosa, injusta y eficaz. Buena para los libros de texto; tóxica para reconciliarte con tu cultura. Eficaz para dibujar un mapa con adjetivos tristes; calamitosa para acercarte a las esencias de lo que te ha formado. Una manera de trasmitir España con demasiados complejos, juicios de valor sesgados y carencia de cariño por la tradición. He dicho que esto duró hasta 2014 porque a partir de entonces las cosas han mutado. Ni a peor ni a mejor, a inconsecuente. No es que estemos dentro de otra historia, es que estamos dentro de otra mátrix. De una realidad urdida por el fotoshop.

El concepto de intelectual como voz que influye nace en Rusia en 1860 y culmina en el 98 de Francia, cuando el caso Dreyfus. El icono que se configura es atractivo: escritor (artista también vale) que, descontento con la realidad que analiza y vive, convierte su malestar en un sistema de signos capaz de influir en la gente: su obra es la crítica que se oye, que se ve, que invita a la reflexión, que se alza contra la atonía. El icono, además, luce una independencia que le hace respetado. Y ahí viene el problema, porque la independencia raramente existe, y el inevitable sesgo ideológico del intelectual será la base de su progresivo descrédito. Sobre todo si saca partido crematístico de ese sesgo. Que por lo general lo saca. Luego volvemos al problema. Como remate del icono, la figura toma fuerza y razón de ser en un contexto esencial y repetitivo en la Europa de entonces y de ahora: crisis del sistema, corrupción en todos los engranajes sociales; castas que acaparan el poder, lo exprimen económicamente y manipulan el futuro de las gentes; injusticia social; comprensión de que estamos en un fin de ciclo; voluntad de modificar los paradigmas. Frente a este panorama tan poco habitable, el intelectual se alza como regenerador, como ofrecedor de ideas, incluso como baluarte moral. Porque ese contexto insatisfactorio le obliga a la acción, a su acción: que es concretar con la voz de su conciencia los impulsos emocionales de la gente.

Pero siempre está latente, lo he señalado antes, el asunto de la independencia. Esa bienaventuranza con menos credibilidad que la foto del monstruo del Lago Ness. El idealismo es una maqueta que siempre queda bien. La conciencia es un mecanismo racional que no se mancha cuando no se expone. Pero la vida es una ecuación de puñetero grado que se resuelve mal. Por eso las maquetas se estropean cuando se las expone a la realidad sin red. Por eso, la conciencia se mancha y se marchita cuando debe tomar partido en el poliedro humano. Y por eso la independencia rara vez existe. Decía Ortega que “la política diaria desintelectualiza al intelectual”. Porque hay que escribir apresuradamente sobre el terreno conflictivo. Con la pasión desbordada o el estómago agradecido. Con el rostro del enemigo demasiado encima. O la sombra del amigo demasiado encima. Y la reflexión, sin equilibrio humanista, o tiene peligro manipulador o nace muerta. Eso pasaba en la España de entonces y pasa en la de ahora. Porque siguen perdurando dos Españas convertidas en dos tradiciones que no aceptan convivir, que quieren aniquilarse de carne y de relato. Como dos hermanos siameses que se caen mal.

El problema de la independencia siempre está en la base de la actividad intelectual. Tanto, que incluso cuando se abandona lo inmediato y la voluntad es analizar el pasado, que parece un ejercicio menos turbador, las consecuencias pueden ser peores. Porque esa emoción que no se sujeta distorsiona la reflexión y conduce a un dislate terrible, pero celebrado: vivir la historia como algo personal. Juzgar un error aquello que pasó hace un siglo y tratar de subsanarlo con la fantasía; convirtiendo el análisis intelectual riguroso en una emotiva literatura de consolación. O sea, falsificar la historia. Eso en España es materia común y se cotiza. Antes se decía a moro muerto, gran lanzada. Ahora sería a Franco muerto, gran revuelta.

Esa autofalseada independencia que hace que consideres tu posición analítica como “la buena”, viene marcada por una inevitable colonización interior de ideas que te han gustado y te han formado. Eso es lo propio del ser humano. Nadie está envasado al vacío. Pero hay que ir con cuidado de no llegar a una alienación emocional que conforme tu visión del mundo obedeciendo a un maniqueísmo que eres incapaz de reprimir. Defender una postura a partir de un bagaje personal es consustancial a las personas: se entiende y se descifra. Pero convertir el maniqueísmo en un prisma para valorar la condición humana aniquila la condición humana. Contaba Curzio Malaparte de un jerarca nazi en la Polonia masacrada, que lloraba mientras interpretaba con delicadeza al piano las obras de Chopin, pero que en el ínterin entre Nocturnos ordenaba impasible que se exterminara a los niños judíos. Por eso hay que desconfiar de la coherencia intrínseca de nuestras ideas: no son puras, no pueden serlo. Se deben a influencias anteriores que hemos remodelado en una dirección que nos satisface, no en una dirección “inmaculadamente” noble, justa y verdadera. Tal vez, la comprensión de esta circunstancia irresoluble ha llevado a muchos intelectuales a utilizar el disparate como coherencia. Que no es simplemente lanzar una boutade; es un modo de exorcizar la angustia intelectual del yo. De poner luces de feria a la oscuridad vital. Y de plasmar la imposibilidad de analizar lo que sucede confiando en la lógica de los argumentos. A Unamuno le gustaba este equilibrio entre lo profundo y lo chocante. También a Valle Inclán.

Otro elemento a considerar es la evolución de la conciencia del intelectual. En ocasiones, pasada la efervescencia de un contexto determinado llega el desengaño, y el desengaño te lleva a un reacomodo en los planteamientos. ¿Es cambio de chaqueta o de ilusión? ¿Es ver con ojos nuevos cosas viejas o es analizar con ojos viejos realidades nuevas? La trayectoria de Azorín sirve como banco de pruebas de lo que decimos. No es sencillo ni noble emitir un juicio sobre las metamorfosis. No hay traición, si hay sinceridad. La conciencia, como todo organismo vivo, evoluciona. El problema es conciliar la sinceridad, la conciencia y las prebendas.

Pero en ocasiones los planteamientos del intelectual no cambian. Puede tratarse de coherencia o de secuestro moral. Si es lo primero, me parece impecable: cada uno ofrece lo que tiene. Pero el secuestro moral es preocupante, porque, atrapado por espejismos y nostalgias, puedes dar una lectura muy errónea de lo que sucede. Cito otra vez a Ortega cuando avisaba que uno de los mayores peligros del analista es “no entender los ruidos de la realidad que nos envuelve”. Ocurre a menudo que el cariño por las viejas ideas y los viejos contextos en que se desarrollaron oscurece la luz, más triste, pero más exacta, de lo que sucede a nuestro alrededor. Cualquier tiempo pasado no fue mejor, es que te pilló más joven, con más cantidad de ilusión intacta. Y anclarte a esa nostalgia sin entender que la vida no se para ni se ralentiza conduce al error, al patetismo. Si en ocasiones la decadencia comienza con un like y la autocomplacencia, cuántas veces la ineficacia intelectual radica en un desfase con la realidad. En no comprender que la fuente de nuestras ideas se ha secado. Que aquellas ilusiones ya no existen. Que el mundo que fuimos capaces de descifrar ya se ha extinguido y sólo nos quedan argumentos emotivos peregrinando por lugares rotos.

En palabras de la mejor poetisa de Santianes de Pravia:

______ lo que permanece

en lo deshabitado.


  1. Inman  Fox, E., La crisis intelectual del 98, Edicusa, Madrid, 1976

 

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