A día de ahora se acepta que nuestra mente, a través de la educación que la conforma y de los estímulos que la alimentan, crea la realidad. Pero no está tan claro cómo conformamos o nos conforman nuestra mente, cómo nos hacen ser: sentir y opinar de una manera concreta. Probablemente se deba a un proceso de continuum cultural, del que ni siquiera somos plenamente conscientes, que se ejecuta cuando nuestra mente actúa como espectadora de la herencia cultural en la que vive inmersa. Y no es sólo cuestión de mocedad y adolescencia. Es algo constante. Variable. Conflictivo. Condimentado con reacciones químicas de las que no tengo ni idea. Vamos a ver unas ligeras pinceladas sobre este proceso de la mano de un libro clásico de X. Fábregas¹. Estímulos culturales y emocionales que nos unen con muchas circunstancias que ni sospechamos.
Uno de los factores esenciales en el proceso conformativo de la mente es la eficacia ideológica ejercida sobre un público fiel. Tener predispuesto al receptor por razones de edad, afinidad emocional o nacional, por razones de aislamiento y necesidad de amparo tribal, por lo que sea, y ofrecerle de un modo persistente y atractivo unas ideas apañadas que le permitan una visión del mundo limitada y accesible, triunfal o victimista, acompañada de un arsenal de argumentos estereotipados pero satisfactorios es una de las claves de la cohesión social. En lo bueno y en lo malo. Siempre teniendo en cuenta, que el primitivismo emocional se alimenta de la comprensión inmediata y que, desde el Barroco, vivimos en un mundo de eslóganes; por lo tanto, si el argumento es breve, directo y rima, las posibilidades de éxito son claras: Spain is different, Espanya ens roba, El pueblo unido jamás será vencido, Patria o muerte, I like Ike. Estos eslóganes se convierten en algoritmos mentales que te determinan hacia una forma de pensar. Forman parte de la creatividad humana al servicio de un grupo de poder. Su éxito depende de la capacidad que tengan de “explicar” las estructuras de lo cotidiano. Y de momento funcionan. No importa la verdad o la inmoralidad. Funcionan. De momento, porque probablemente en pocos años los algoritmos que nos hagan actuar se deban a la IA.
Dentro de este paquete de sentimientos y de reacciones entra el insoslayable asunto de los tabúes oficiales. Ese pecado de omisión interesada que manipula la verdad “sin ensuciarse”; ese mirar hacia otro lado que denota una obediencia indigna hacia tu bando, una carencia de iniciativa moral para decir que no, un malévolo concepto de misión… o el miedo a perder las subvenciones. Ejemplos los hay de todo tipo. Lo de la guillotina en la Revolución Francesa es grafismo común y hasta orgulloso, pero se omite que a las damas de la nobleza antes de cortarles la cabeza se les cortaba los pechos en público. En la Guerra de Crimea aparece la fotografía bélica. Y los ingleses, cuando tomaban fotos del campo de batalla, retiraban antes a sus muertos, para que aparecieran sólo los cadáveres rusos y magnificar la sensación de victoria. Y en el COAC del Carnaval de Cádiz 2025, que me lo vi enterito, apenas algún grupo valiente se refirió a los delitos sexuales y económicos del partido que manda, pero prácticamente todos hablaron de la nariz de Andy y Lucas. Y es que las ideas formativas acaban convirtiéndose en una primera piel, en una primera voz, en un escudo ideológico ante los prismas de la realidad. Se entiende, pero nos empobrece mucho.
Otro factor primordial en la configuración de la conciencia argumentativa son las emociones que irradia la figura del héroe y, sobre todo, su moral, aunque esta está sujeta a cambios interpretativos (lo de Colón es el ejemplo actual más estridente). Mediados del siglo XIX fue un momento crucial en la creación de la nueva tipología del héroe y, sobremanera, de su culto público. En 1840 Carlyle publica sus estudios sobre el héroe clásico; al poco, Marx publicita sus análisis sobre las desigualdades sociales y Wagner compone piezas abrumadoras. El mundo moderno está asistiendo al re-nacimiento de la vieja/nueva tipología heroica. Y el Romanticismo, que estéticamente está ya superado, pero que tiene a sus epígonos en plenitud y a un nacionalismo decidido a sostenerlos, va a exprimir estos modelos de héroe hasta dejarnos una herencia persistente (sobre todo en el tratamiento de la Historia como asignatura escolar, negocio editorial y educación nacional).
Y así, aparecerán, entre otros varios, tres tipos de personajes heroicos de largo recorrido. El hombre fuerte: es el aventurero, conquistador o perdedor, siempre emotivo, y cuya moral es el triunfo personal o nacional. Es época de neocolonialismo para los “países fuertes” y estas figuras representan “la pujanza de la raza”. Y para los países de segunda fila es época de mitos fundadores, de héroes traicionados, de derrotas que explican una decadencia injusta. Alrededor de estos personajes se alzará exhaustivamente un panteón heroico que no se puede discutir y que derramará mucha sangre en el XIX, XX y XXI. El héroe del pueblo, que representa la moral de los desfavorecidos. Lo propugna Marx (falsificando datos económicos con la pretensión de que su trabajo fuera impactante y “científico”; lo que no se discute es que la injusticia social en Inglaterra era escalofriante) y será uno de los gérmenes de la “superioridad” moral de la izquierda. El héroe social moderno, que representa el triunfo económico, muy ligado a la moral calvinista; este paradigma lo propugna Comte y con el tiempo convertirá los negocios en campo de batalla y el lujo en faro de fascinación. El primer tipo de héroe ha inundado las maravillosas novelas de aventuras. El segundo es el fundamento de la novela social. El tercero ha dado alguna obra literaria interesante, pero sobre todo ha cautivado el mundo cinematográfico y contribuido al concepto de sociedad de consumo. Lógicamente, alrededor de estos héroes de uno y otro tipo existen los tabús y las reinterpretaciones que les hacen perder gracia. Hoy se considera racista a Allan Quatermain, el protagonista de Las minas del rey Salomón. La película El joven Edison presentaba una figura muy atractiva de genio inquieto; hoy, sin embargo, se relaciona a Edison con la desaparición del inventor francés Louis Le Prince, en la llamada “guerra de las patentes”. Abraham Lincoln es etiquetado por algunos de manipulador. Pancho Villa, en círculos no oficialistas, tiene etiqueta de sicópata. Y el Che Guevara de torturador de homosexuales. Y como último ejemplo una maldad: ¿se puede considerar a Donald Trump un héroe del triunfo económico y social? De hecho está a la cabeza del mayor negocio del planeta. El continuum cultural y emocional ha conformado nuestras emociones orbitando alrededor del heroísmo prefabricado. Y el precio de mover los anclajes del culto oficial de los héroes es que la gente se abruma y a la zona de confort emocional le salen grietas.
Pero son contradicciones inherentes al ser humano, tal vez potenciadas por el mundo moderno, que sitúa al héroe y a nuestra manera de entender la realidad en una disyuntiva irresoluble: ideales “superiores”, siempre teóricos y estáticos, colisionando con un sociedad real, dinámica y multiforme que los deslustra. Y que plantea preguntas incómodas sobre los asuntos del poder y sobre el compañero de viaje conveniente para nuestra sensibilidad argumental. Qué es más rentable, ¿la ley del más fuerte, la ley del más astuto o la ley del más justo? ¿El bueno es débil y por eso no puede ser conquistador o revolucionario?. ¿Quién maneja los traspasos de maldad y configura la imagen del malo oficial de cada periodo histórico?
La realidad es un poliedro en constante reconfiguración. Por eso es conveniente la duda sistemática, la ampliación cultural, el sentido crítico implacable y aferrarse a los seres queridos para dar forma a una realidad humana que valga la pena. Lo demás es pasajero y casi siempre falso. No hay héroes, ideologías ni dogmas históricos que valgan más que la dignidad humana.
Porque como dijo un cronista en el Salzburgo del siglo XIII: “todo el mundo tiene problemas”.
- Fàbregas Surroca, X., Teatre Català d’agitació política. Edicions 62. Barcelona. 1969.



