Un concepto desprestigiado porque tiene nombre de asignatura de la época de Franco es el de formación del espíritu nacional. Y, sin embargo, es una de las aspiraciones fundamentales del mundo moderno. También es una de las líneas de pensamiento que estructuran las reformas escolares y las oleadas propagandísticas de la mayoría de los gobiernos con un sentido totalitario de su hegemonía. Pero también es una idea liberal y, por lo tanto ingenua, de organizar un patriotismo ético que nos permita perdurar como nación más allá de los vaivenes de la historia. Y para orientarnos en este camino es muy conveniente el libro de José Vila Selma¹, que ancla estos ires y venires ideológicos y sentimentales entorno a la figura imprescindible de Quintana. Buen ejemplo de español que sostuvo su ideario moral y nacional en una época que vivía siempre al borde de la supervivencia.
El Barroco entendió el mundo que amanecía tras el auge científico y aportó una idea que iba a desarrollar crucialmente el Neoclásico: el paso de la literatura prudencial: el individuo ante la vida, a la literatura política: el individuo frente al estado. Y es que la realidad de las naciones iba mutando y el crecimiento burocrático y el desarrollo del concepto de patria caminaban parejos hacia una modernidad muy conflictiva. Cuando eclosiona la Ilustración todo se vuelve más complejo y los viejos signos de autoridad se tambalean. E, inmediatamente, se reestructura uno de los pactos más antiguos que existen: el de los intelectuales y el poder, con el objetivo de formar a la opinión pública según los parámetros que las nuevas jerarquías ilustradas requerían. Es eso tan celebrado y tan vacuo de la revolución desde arriba. Vacuo, sí, porque no dice nada: todas las revoluciones las dirigen los de arriba utilizando como carne de cañón a los de abajo. Y después los vencedores administrarán el botín protegidos por la sintaxis de sus intelectuales. No son realidades nuevas, son ojos nuevos con palabras nuevas para redefinir el poder de siempre en manos nuevas.
Una de las claves “culturales” para medrar en este tipo de procesos de cambio es que el poderoso se aprenda tu nombre. Que el baranda comprenda tu talento y tu utilidad; que te recompense los servicios prestados y que esa prebenda se convierta en ascensor social. O en otra cosa, porque con el tiempo y la nueva complejidad social este mecanismo configurará el personaje del eficaz o del conseguidor. Ese escribidor a sueldo que miente para justificar tus indecencias. Ese amoral que te arregla el asuntillo. Ese pícaro con traje de chaqueta que sabe moverse por las covachuelas del poder… Y en esos horizontes tribunales andamos en España.
Otra clave para mantener el entramado de nueva sociedad-nueva cultura-nuevos amos es el papel del mecenas ilustrado. Ese hombre “sensible” a determinadas formas culturales que, al estar situado en puestos altos de la pirámide de mando, tiene la capacidad de influir en el rumbo cultural de una nación y propiciar el éxito de algunos elegidos. Hablamos, nada menos, que del tío que maneja el presupuesto. Y se sabe que, implacablemente, su función evolucionará hacia un nuevo tipo de caudillismo y florecerá a su alrededor una estructura de clientelismos y adulaciones que se convertirá en fábrica de subvenciones. Manutención y premios para intelectuales afines que moldearán la opinión pública a favor de un concepto interesado de patria. Una máquina de nacionalizar conciencias, nada menos. Este camino pernicioso nos llevó en el XIX al nacionalismo romántico y a un número de guerras cercano al infinito. Y nos mete ahora en el wokismo de museo y en un número infinito de falsificaciones.
Al mismo tiempo, este proceso traerá el concepto/mantra de regeneración nacional: que se fundamenta en decidir que se vive una época de crisis y que para salir de ella es necesario difundir lo mejor de nuestra historia y condenar lo peor. Lógicamente, cada grupo de poder implanta su modelo de lo peor y su proyecto de control mental. Es la vieja damnatio memoriae reconvertida en censura y en silencio, y recientemente bautizada como cancelación. Los espartanos putearon a Arquíloco por su sentido del humor antimilitarista. Clorinda Matto de Turner sufrió la ira de los oligarcas criollos por cuestionar el orden social y religioso del Perú independiente; y ahora mismo, Tintin en el Congo se considera un oprobio racista. Como dijo la gran Blanca Varela: es fría la luz de la memoria.
La imagen axial del caudillo cultural que atrae a las polillas propagandistas que se achicharran resignadamente junto a su luz, es el absolutismo napoleónico. Un terremoto que fascinó a los intelectuales pese a la sangre derramada y los expolios. Napoleón es un saqueador que suprime la libertad, pero alienta la cultura científica y maneja a la perfección la propaganda. Roba sin freno, pero coloca lo robado en un museo. Destroza naciones, pero implanta el sistema métrico decimal. Desangra Europa, pero paga bien a sus apologetas. Fue un todo para el pueblo pero masacrando pueblos. Y aunque los intelectuales comprendían que servían a un caudillo violento no dudaron en alabar a quien los mantenía. Fueron pura contradicción y necesidad de guita: deseaban un ideal glorioso pero acataron una realidad injusta. Como dijo la gran Blanca Varela: el deseo es un lugar que se abandona.
Frente a estos vendavales de “eficacia” política, poder y propaganda, hay un reducto humanista que predica un modelo de virtud imperecedera: la que aúna exigencia moral y utilidad pública. La que entiende que patriotismo debe ir ligado a libertad, justicia y bienestar de los compatriotas y no limitarse a una sarta de tópicos grandilocuentes. En la vieja España lo pasaron mal y se les escuchó lo justo. En la España actual ídem de lienzo; además, como nuestra política es un asunto judicial… hablar de lo moral sabe a reliquia.
Y para remate, el mundo de dentro de tres horas va a traer circunstancias muy nuevas. Y raritas. Primero, porque con el proyecto de amputación de la memoria tradicional (la forma sutil de la sustitución) qué espíritu de nación podrá tenerse. Lo único que unirá a la gente es la comida a domicilio. Y segundo, porque si tu jefe es una IA, que se te acuse de delito contra la moral pública nacional puede quedar abstruso. Hombre, cuando te llamaba golfo tu mentor había una consistencia dramática, una posibilidad de melodrama; pero que te llame sinvergüenza un algoritmo es ciencia ficción con resabios caciquistas.
En fin, que si nos espera un futuro de Grok 4 en donde la IA Estrecha estará obsoleta, la IA Generativa parecerá de pueblo y la IA General se habrá quedado adolescente…, lo más probable es que para el 2050 el patriotismo sea una rama secundaria de la electricidad.
Y la conciencia individual tendrá que refugiarse en una cueva del Paleolítico para poder dibujar signos sin que la controlen.
- Vila Selma, J., Ideario de Manuel José Quintana, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1961



