La tradición en tiempos de adanismos

Un manantial de sugerencias y de reflexiones es el libro de Pupo Walker¹. Se centra en un tema del pasado, pero expande ideas aprovechables hacia nuestro problemático futuro. Es también una llave maestra para abrir la puerta de un tema preocupante: ¿Cuál es el sentido histórico al que puede recurrir una época que ha recibido una pésima enseñanza de la historia? ¿Cómo sobrevive la tradición en tiempos de adanismos?

Un primer recoveco de este laberinto es el de la magnificación del punto de vista. El gusto personal (complicada síntesis de la estructura neuronal de cada quisque) siempre ha sido un prisma importante para formar la opinión, pero ahora lo esgrimen los ignorantes como si fuera el único valor argumental de peso. Gente que no sabe nada aturde con su derecho a ser oído y con esa filfa de autoayuda que es el concepto de asertividad. La clave es opinar con vehemencia, no aportar calado intelectual al desarrollo de una idea. Decía Juan de Mairena que una cosa era verdad la dijera Agamenón o su porquero. Pues ahora es casi igual: algo es una memez se diga con asertividad o con titubeos.

Pero es que además, y para hacerlo todo más áspero y cansino, este primer recoveco mantiene una nefasta alianza con el descrédito del gran y antiguo esquema mental europeo: que nuestra cultura da la medida de lo válido. Ahora no es así. Tal vez antes tampoco lo fuera, pero el orgullo positivista estaba sordo y ciego hacia lo que no fuera su ombligo. Y como ya no es así, en la búsqueda de voz propia encajable en los parámetros de aceptación moderna se llega al segundo recoveco: la exploración imaginativa sin preparación intelectual. Esa atracción por la fantasía persuasiva, esa necesidad de que tu opinión se levante por encima de la lógica y los hechos, hace que se fabule buscando originalidades que redefinan la insatisfacción del ser humano; que se ofrezcan soluciones disparatadas ante el vacío espiritual; que se oculte la crisis personal y colectiva engrandeciendo problemas lejanos inasumibles para tu menguado yo. Lo explico: eres joven, no puedes tener casa, trabajas en condiciones de neoesclavitud…, pero tu preocupación primordial debe ser que en la Península Antártica, el Glaciar Hektoria ha tenido un retroceso. Por cierto, este mismo retroceso ya sucedió durante el Imperio Romano. Pero cualquiera le decía a un centurión que no quemara diésel.

Para magnificar el embrollo, esta exploración imaginativa se convierte en significativamente poderosa si va acompañada del achaque nacionalista. Entonces ya es el acabose, porque la percepción imaginaria y engrandecida del pasado se incorpora como valor integral constitutivo del yo. Y fatalmente se crea una personalidad histórica monolítica y un grupo de wasaps carcelario que te alimenta con consignas basura (de fácil digestión y ningún procesamiento) y al mismo tiempo te vacuna contra el virus del librepensamiento. Poco tiempo después, toda la sociedad es cómplice de un autoengaño.

Esto nos lleva, inevitablemente, a la tercera sinuosidad del laberinto: la historia como representación cultural. Un elemento axial de nuestra imago mundi que se basa en una aportación renacentista: la supraveritatem: el gusto por la expresividad y el valor estético de los sucesos; la selección de la verdad y del grado de intensidad con que debe expresarse esa verdad. Dicho a lo canalla: que la exactitud no te arruine un buen mito histórico. Porque un contexto polémico o traumático genera fabulaciones utilísimas. Se contó de boca y se publicó en la prensa que, tras los primeros combates cuerpo a cuerpo entre japoneses y norteamericanos, un día, un trabajador del puerto de San Diego escuchó lamentos sordos en un hangar abandonado. Entró a ver qué pasaba y descubrió una enorme cantidad de bolsas de cadáveres y, dentro, agonizando, soldados norteamericanos a los que los japoneses habían cortado los brazos y las piernas. Eran troncos y cabezas que se morían lentamente y que el gobierno de Roosevelt ocultaba, temeroso de que tamaña crueldad desmoralizara a la nación. Este suceso era mentira, pero creó una oleada de indignación patriótica muy aprovechable. Y también fue mentira lo del Maine, mentira lo de Tonkin, mentira que Cortés quemara sus naves, mentira que el Correcaminos sea más rápido que el Coyote.

Este terreno movedizo en donde la verdad es un matiz terciario nos conduce al cuarto meandro: la tradición como fuerza vinculante cuando se capta el peligro de ruptura. Pero ¿de qué tradición hablamos si lo postmoderno se caracteriza por despreciarlas todas? Y por otra parte, sin este poso tradicional, sin esta base de conocimiento histórico, en los momentos de crisis urgente ¿hay capacidad para pensar con ojos nuevos y sabiduría antigua? ¿o es mejor seguir la senda no conflictiva de la autosatisfacción? Es un tema crucial que no tiene respuesta, aunque se intuye una: la gente prefiere no asumir la crisis, aferrarse a su parva cantidad de conocimientos y jugarse el futuro a la carta del autoengaño y la asertividad. Por eso los libros de texto y la memoria emocional son tan renuentes a los cambios: no necesitan ser exactos o correctos, basta con que sean cómodos. Una interesante derivación de todo esto es el concepto de coeficiente de fama: lo que queda en el conocimiento colectivo y valorativo de una sociedad cuando ha pasado el tiempo y un suceso o una persona han perdido verbalmente su eficacia representativa. Si se convierte en frase hecha puede sobrevivir. Estar peor que Cagancho en Almagro (25 de agosto de 1927, con toros de don Manuel de la Cámara) es algo que se entiende aunque no se sepa nada de don Joaquín Rodríguez Ortega. Pero cuando un nombre se utiliza como territorio mítico cercano y, sin embargo, representa una realidad lejana, el chasco puede ser interesante. Torre del Burgo (Guadalajara) es un municipio pequeño con una mayoría de población extranjera, que supera el 88%. Si un político hace campaña electoral allí y despotrica contra los peligros del franquismo…, digo yo que igual no acaban de entenderlo. En el (falso) Barrio Gótico de Barcelona hay un 67% de población extranjera. Ahí lo de la flama del Canigó debe poner la piel de gallina.

Y así llego al quinto recoveco, el verdadero gran tema del 2026: recoger en el esquema clásico las necesidades del hombre moderno. Porque necesidades tan antiguas como vivienda, seguridad, libertad de conciencia y capacidad de evolución se ven amenazadas por una contemporaneidad hostil. Y porque una realidad tan moderna como la del predominio de la máquina sobre la capacidad resolutiva del ser humano, sobre la salud y sobre el trabajo nos ha convertido, casi de sopetón, en personajes atribulados de una ciencia ficción que se ha desplomado sobre nuestra rutinilla. ¿Qué respuesta tiene la capacidad adaptativa de nuestra especie ante esta realidad histórica sin precedentes? Sabemos que el esquema anterior apenas vale. Y comprobamos que el planteamiento actual se queda corto. ¿Cómo viajar, pues, por esta terra ignota? ¿Cómo combinar tradición e innovación sin enredarse en lo periférico? A título personal se pueden tomar determinaciones tontas, pero higiénicas. Yo, y no es por señalar, últimamente solo leo autores muertos: porque sospecho que no pueden utilizar la IA.

Al margen de esta boutade, el momento actual obliga, como nunca, a la valoración significativa de la existencia. A comprender bien la tradición y a ser valientes aceptando el porvenir. Porque necesitamos formular qué pretendemos ser. En la desidia con que se afronta esta cuestión capital se halla la raíz de los problemas mentales actuales. Occidente es una sociedad deprimida que se acurruca en una celda de placebos. Y, si no se actúa tajantemente, el malestar social nos estallará en los ojos. Los viejos que mandan se aferran a un sentido histórico que únicamente les beneficia a ellos. Y en paralelo, los jóvenes han pasado de oír que son la generación mejor preparada de la historia a constatar que el futuro es algo que los dejará de lado. A este choque de antiguos y modernos se le llama horizontes culturales irreconciliables.

¿Un concepto alambicado? No, al revés; es algo muy sencillo: probablemente sea la antesala de la revolución.


  1. Pupo Walker, E., La vocación literaria del pensamiento histórico en América, Gredos, Madrid, 1982

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