Racismo de ida y vuelta: la culminación del proceso autodestructivo de occidente

La II Guerra Mundial está recién acabada y Pérez de Barradas¹ escribe un libro sobre razas. Casi nada. Afortunadamente, ni se anda por las ramas ni hace una faena de aliño, sino que ofrece una opinión científico-humanista sobre un tema que había envenenado la cultura occidental. Qué mala cosa es que ochenta años después, en esta Europa cambiadísima pero semejante, los mismos planteamientos vueltos del revés nos estén mareando estérilmente.
Tal vez todo esto pasa, porque como dice el autor, “el ser humano siempre está dispuesto a exhumar una idea falaz, anticuada, dañina y atractiva. Lo primario fascina a las masas. No hay nada que tenga tanto arraigo como un error”. En el fondo no es más que un bastardo deseo de originalidad: sostener lo extravagante, lo ridículo o lo peligroso porque si se dice lo sensato no te escuchan, no sorprende, no es rentable. Ese fue el consejo que le dio Diderot a un compadre desahogado llamado J. J. Rousseau que quería presentarse a un concurso sobre los tiempos nuevos. Y no veas el éxito que tuvo.
A partir de la segunda mitad del XIX y con Gobineau como figura estelar, las ideas racistas se convierten en tema de conversación mundana y en “sesuda” reflexión ontológico-científica-antropológica-imperial. Algunos lemas de estos publicistas del racismo son dignos de recuerdo: raza pura equivale a éxito, mestizaje supone decadencia; el puño del ario es la respuesta al engaño del moreno; en el siglo XX morirán millones de personas por la forma del cráneo.
Esta oleada de “ciencia” y dominio llega a la literatura, al análisis político, a los estudios sobre el futuro de las sociedades; pero sobre todo, gravitó sobre el análisis de la prosperidad de las naciones. ¿Tenía base científica esta aberración? Sí o no o qué importa. Cito a Erich Fromm: “¿Quién nos protege de la ciencia?” Y cito, de paso, a Bertrand Russell: “Hay creencias cuyo único mérito es halagar a alguna casta”.
No creo que a los muñidores del poder les importe la entidad científica de algo. En aquella época raza era un concepto muy atractivo para establecer una posición social dominadora de la cultura y de las condiciones de trabajo. Y del dinero, por supuesto. Luego, por osmosis, esas ideas se convirtieron en un modo argumentalmente poderoso de retrasar evoluciones sociales, y en un mecanismo eficaz para conseguir una identidad ideológica que vigilara estrechamente la libertad de conciencia de los disidentes. La frenología trató de dar forma y “dignidad de laboratorio” a estos intereses. Incluso se esforzó en divulgar una imago mundi aprovechando los nuevos medios de la cultura de masas. Fracasó, pero después de mucha sangre. Al final, sólo dejó tratados de criminalística (que diseñaron físicamente a los malos de la literatura policiaca) y la imagen de científicos chalados midiendo la cabeza de la gente. Pero en paralelo a lo estrafalario está lo cruel. Y con Chamberlain, se configura la idea de que el orgullo racista es un orgullo nacional que obliga a la acción para evitar la catástrofe futura. Limpieza étnica, segregación, solución final. El catálogo completo. Ya he dicho que supuso mucha sangre.
Frente a esta marea “científica”, el apocado humanismo europeo alza, cuando se atreve, un planteamiento que debe ser irrenunciable: la política de nociones morales: educar a la gente en ideas básicas formativas. No de poder, ni de orgullo excluyente, sino de integración responsable y con exigencias; recordando una de las más bellas definiciones que conozco: la civilización es la continuidad en la diversidad. Y en ese menester la cultura debe hablar con más fuerza que la biología y tiene la obligación, por razones de supervivencia, de dar una visión positiva de la historia nacional. Crítica y libre siempre, pero también armónica y honesta. No por simple patriotismo, sino por inteligencia y por lo que se nos viene encima. Porque la nacionalidad se crea primero comprendiendo la tradición; y acto seguido valorando lo que supone tener las ventajas de la modernidad cuando se enraízan en la fuerza de la susodicha tradición. Ya que parece demostrado que el sentido de pertenencia a un proyecto nacional no puede crearse viendo Tik Tok o enganchado al Vinted. Tú te sientes participe de una nación si su proyecto humano permite tu libertad, tu dignidad y tu felicidad. Y si además te ofrece una innovación tecnológica atractiva, miel sobre hojuelas. Es lo que pasó en la América del siglo XVI cuando llegaron los sudorosos españoles.
Pero Occidente tiene, desde el trauma de las dos guerras mundiales, un problema: ser malo por ser prudente. Hacer de la timidez derrotista un sucedáneo de la sensibilidad. Al europeo progre le gusta asumir “culpas” antiguas y lucir traumas de diseño para recrearse en la comodidad del pesimismo paralizante, del nihilismo de sofá. Ya que no lo han pasado mal en su infancia dorada, estos wokes lo pasan mal en su falseada memoria histórica. El avestruz que esconde la cabeza ante la urgente realidad es el símbolo autóctono de Europa.
Y la culminación del proceso autodestructivo de Occidente la estamos viviendo ahora, que, en aras de una “ciencia emocional”, vamos por el mismo despeñadero del racismo excluyente y del mecanismo intelectual de descalificación, sólo que ahora es al revés. En estas calendas lo que impera es la denigración de lo blanco. “Científicamente” ese color da yuyu: el azúcar, la leche, la harina, las personas. Todo lo blanco mata. Por supuesto que es negocio, es manipulación dominadora, es un cálculo económico que se me escapa y que lleva aparejada la sustitución social. Es el apuntalamiento de un sistema piramidal resquebrajado. Pero también es inseguridad y quiebra intelectual por parte de quien asume este estigma sin levantar la voz. La pasividad ante la condena caprichosa, la aceptación de que tu verdugo está en lo cierto, es la pérdida de la condición humana. Y sobre todo es la destrucción de una idea igualitaria primordial: todas las personas somos idénticas en ilusiones, en dignidad, en fragilidad y en la sonrisa. No nos define una teoría “científica”, sino la acción y la conciencia.
Y ya que hemos hablado de armonía con nuestra tradición, no será malo recodar que para Chamberlain el origen del mal estaba en el mestizaje español en América. Y que la figura que encarnaba todo lo peor de lo peor del mestizaje era alguien que tenía una cabeza no aria: San Ignacio de Loyola. Este planteamiento “demuestra” que los españoles estamos, por lo general, en el lado bueno de la historia. Y que nuestro mestizaje fue una ampliación del concepto de español, que jamás ha sido restrictivo, y una manera empática de convivir con los amigos. Ejemplo: los tlaxcaltecas no pagaban impuestos porque ayudaron a Cortés (en realidad fue Cortés quien ayudó a los tlaxcalteca a quitarse de encima la tiranía racista y antropófaga de los aztecas).
Qué bonito es protagonizar una de la grandes efemérides de la aventura americana sin que Hacienda te meta mano en el bolsillo. Porque sí, fue muy importante conquistar Tenochtitlan y escribir una página dorada en la Historia de la Civilización, pero también es importante llegar a fin de mes.


  1. Pérez de Barradas, J., Los mestizos de América, Espasa Calpe, Madrid, 1976

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