Doblando la esquina de la historia: Roma, el presente y la tentación del declive

Reflexionas sobre las investigaciones de Walbank¹ y te inquietas. Comparas los datos que ofrecen sus estudios sobre Roma con los datos que ofrece tu contemporaneidad y el concepto de contexto se puebla de nubarrones, de presentimientos. Y ya que no estamos en una época axial, sino en un tránsito hacia algo nuevo, inevitablemente una pregunta de pesimismo razonado te recorre el alma: ¿Qué habrá tras la próxima esquina de la historia?

El primer dato que el historiador desarrolla es lapidario. Las oligarquías tienen una marca de fábrica: no aprenden nada y no perdonan nada. Se petrifican como casta a sabiendas que sus errores siempre los pagan otros. Son buenos identificando a los enemigos, pero no se esfuerzan en evitar enemistades. Miran con codicia el botín y desprecian los daños colaterales. No es que no comprendan las catástrofes, es que no les rozan. Además, lo importante no es evitar el caos, sino articular un relato que narcotice la conciencia de la gente. Y eso ocurre en los estertores de Roma, en los albores del siglo XX y ahora mismo. Uno de los mejores libros sobre el camino a la Primera Guerra Mundial se titula Sonámbulos². Y habla de irresponsables caminando hacia el precipicio mientras los asalariados de la opinión les jalean servilmente. Habla de sociedades orbitando alrededor del sinsentido, inflamadas de nacionalismo hipnotizante, desconocedoras de los parámetros económicos que lo controlan todo. Esto suena demasiado al hoy. De hecho, hay estudiosos de la macroeconomía que, con datos exhaustivos en el Excel, pronostican una suprema ironía “histórica”: un crac del 29. Pero del 2029, ojo. Y esta vez puede que la caída del imperio occidental sea definitiva.

Otra información sustancial habla del modo de hacer política en Roma, lo que se llamó “susceptibilidad romana”, que es, sencillamente, ocultar las intenciones. Mentir, literaturizar y pagar a los traidores. Convertir tu actividad como estado en una constante acción de falsa bandera en aras de un botín que alimente a las oligarquías. Frente a esta inmoralidad se alzará el concepto de humanitas, la decencia moral que busca la fraternidad y que es consciente de que la igualdad incita al patriotismo; mientras que los desequilibrios perpetuados alejan a los ciudadanos de la idea común de convivencia, no digo ya del concepto de sacrificio. Que no paguen siempre los mismos es una regla de oro permanentemente devaluada. Y es que en Roma (o aquí), detrás de toda esta gran insatisfacción, se hallaba un terrible desequilibrio cardinal: o guerra o impuestos. Los controladores del poder tienen como única función obtener riquezas. Y como el método romano de enriquecimiento era la depredación de territorios, se entronizó la guerra como elemento de “armonización social” entre los distintos estamentos de la nación. Porque la Pax obligaba a subir impuestos y “convertía” al Estado en enemigo y al vasallo en alguien descontento que podía alzarse. Por eso siempre es mejor un enemigo externo que aglutina las voluntades nacionales (previamente narcotizadas por el relato) y permite el triunfo de los war profiters, que ya se encargarán de repartir los dividendos. Todo se reduce, como en la película de Bogart a Tener o no tener.

Una tercer apunte tensa la cuerda todavía más. En el siglo IV la crisis de Roma es imparable y el Estado controla la vida de los ciudadanos. Se les quiere domados y se recurre plenamente a la coacción como elemento constituyente del mundo que un grupo de poder quiere mantener. Un mundo de individualismo funesto y derrochador. Sin ética social. Y en donde el foso entre los ciudadanos atados por el Estado y los ricos es decisivo para el desaliento y la desorientación. No es extraño que sea el siglo IV quien vea la aparición de los monasterios. Porque la gente en ocasiones quiere escapar, aunque no sepa de qué. O probablemente sí lo sabe: escapar del malestar que te producen las personas que te mandan y te ignoran; de la pérdida de fe en el futuro simple de la vida; del hartazgo de mentiras oficiales. Esta insatisfacción perpetuada acaba por convertirse en el ecosistema ideal para los populismos vociferantes, para los demagogos de carisma peligroso, para los experimentos emocionales que se pagarán con sangre… Una sociedad domada no ve solución para su desaliento, y un día decide vivir la vida a través de la testosterona de otro. Preferiblemente de un líder que les prometa un paraíso. Todos sabemos cómo acaba esto.

Y la cuarta información nos deja fritos. Mientras Roma cae lentamente, y también una vez caída y añorada, los pensadores reflexionan sobre este suceso que marcaba la historia para siempre. Y hubo cuatro respuestas para explicar la catástrofe.

La naturalista lo atribuía a un problema de moral ciudadana, de corrupción política, a las pugnas de los grupos de ambición y a la eterna lucha entre Estado y libertad. ¿Consecuencias?: hipertrofia burocrática, impuestos que se despilfarran, decadencia de la sanidad y la enseñanza, descontento argumental y cotidiano, ineficacia de las instituciones, brecha obscena entre los que tienen y los que no tienen, mala gestión de las fronteras… Sí, continúo hablando de la Roma de los siglos IV y V.

La mística afirmaba que todo obedecía al plan de Dios. Y ahí acaba el asunto.

La fatalista lo centraba en la incontrolable fuerza del destino: catástrofes, hambrunas, devenires climáticos, carambolas astrológicas. No hay culpables concretos, porque poco se puede hacer ante la furia de los dioses de las ciencias naturales.

La biológica incide en los ciclos de vida y de progreso, en el declive de los organismos vivos. Hay un cierto fatalismo, pero muy empírico: todo nace, fructifica y muere. Pero sí subrayaba un aspecto interesante: el suicidio de la raza. Y refería que en Roma la clase pudiente no quería tener hijos. Tal vez por comodidad. Tal vez por economía. Tal vez porque ya no sabía legarles una tradición moral y cultural. Tal vez porque no creía en un futuro de esperanza y escogió, genéticamente, hacer mutis por el Foro. Por el motivo que fuera, la natalidad romana iba a la baja. Y cuando sucede este fenómeno, la realidad recurre a los hijos de otros para rellenar la Historia, aunque sólo sea para llamar la atención: Maximinio Tracio es el primer emperador de Roma completamente bárbaro (el papá es godo y la mamá es alana). Por cierto, jamás pisó Roma ciudad. Y lo de llamar la atención lo digo porque oficialmente medía 2’40.

No sé qué respuesta es la más aproximada para explicar el declive de Roma. Cada época tiene sus letanías históricas y sus argumentos fundacionales. Pero sí sé, sí veo, que la actual esquina de la historia tiene elementos comunes con aquella. Por ejemplo, la pasividad quejosa pero no actuante, el adormecimiento crítico, la incapacidad de razonar lo que se quiere, el temor a las respuestas ambiciosas.

Con esta apatía moral que nos envuelve, doblaremos la esquina de la historia y el porvenir nos será ajeno. En nuestro equipaje como sociedad habrá miles de memes y ninguna idea. Estaremos entrenados para el desánimo y para la obediencia. Pero la reflexión, el conocimiento y la esperanza nos dará agujetas.

Seremos la generación mejor preparada de la historia… para desaparecer.


  1. Walbank, F. W., La pavorosa revolución. Alianza Editorial, Madrid, 1993.
  2. Clark, Christopher, Sonámbulos, Galaxia Gutenberg. Barcelona 2021

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