Hacia una nueva literatura de escombros

En un libro implacable F. Stonor Saunders¹ analiza la cuna en la que creció nuestra actualidad. ¡Y cómo se nota que descendemos de ese tronco! No cabe duda de que la Guerra Fría nos modeló emocional y argumentativamente. Tanto, que probablemente estemos atrapados en la postdata de aquella época. Quizás muy cercanos a un renovador (o no) punto y final. Pero hasta que llegue el nuevo paradigma vivimos en la Brecha Rabiosa, que se caracteriza por el disgusto y desazón que nos producen las ideas distintas a las nuestras, y por la voluntad de levantar una barricada de sesgo para no ofendernos. La Guerra Fría trajo esta lluvia radioactiva que aniquila las primaveras humanistas. En consecuencia, Occidente no progresa y se aturde recriminándose desastres intelectuales ¿Nos encaminamos hacia una nueva literatura de escombros?
Uno de los puntos de partida de este proceso es prácticamente eterno: la inevitable convivencia de una ilusión y de una fuerza castradora: el arte como exploración y el lavado ideológico como elemento axial del arte. La exploración es libre, incomoda, se equivoca, esquiva cualquier freno. Pero como esta explosión vital asusta por impredecible, el poder necesita controlar a los creadores; y también controlar “educando” al público que le da significado al arte. Y es que lo de la exploración artística al principio tiene pocos seguidores. Las vanguardias creativas dependen de un cordón umbilical de oro. Alguien tiene que patrocinar los nuevos gustos y dar la batalla contra los que no entienden el cambio. Antaño era el millonario ocioso que protegía a los artistas, pero tras la II Guerra Mundial, con la omnipresencia de lo político en todos los ámbitos sociales, son las cloacas intelectuales del poder quienes libran la batalla de la emotividad inducida: decirle a la gente lo que le debe gustar. Organizar la vida, el ocio y el gusto estético de las masas. Ganar la batalla del arte en la mente de las personas. Patrocinar unas modas y sepultar otras. Jugar siempre con cartas marcadas. Controlar a la sociedad, en suma.
El cordón umbilical de oro son ahora las subvenciones a fondo perdidísimo y las campañas de valoración artística dirigidas, que convierten al elegido en un tótem cultural (tomando como punto de referencia la que se considera la campaña propagandística ejemplar: la que hizo la CIA con la pintura abstracta norteamericana para luchar contra el realismo soviético). Implacablemente, esta falsificación de la calidad estética nos ha llevado a vivir dentro del folclore de la mediocridad, a languidecer atrapados en un retablo de las maravillas que te sanciona si dices que lo comúnmente valorado es un verdadero petardazo. A eso se le une una recua de efectos colaterales que acaban pudriéndolo todo. Pongo unos cuantos: la progresía como excusa para no hacer mejor tu trabajo: si has utilizado los mantras obligados qué importa que todo lo demás no valga nada; el peligro de la causa justa; la todopoderosa justificación izquierdista; la rendición cultural de la derecha; la farsa de la superioridad moral; el nacionalismo irredento. Todo contribuye en la construcción de una fábrica de consentimientos y de perezas interpretativas que culmina en la ignorancia complaciente. Y todo nos ha llevado a una dualidad dolosa: el mundo que piensa vs. el mundo que gasta. O dicho sin ambages: a la manipulación rentable. Una siniestra teoría de la historia.
Implacablemente, esta dependencia del creador ante quien le paga origina una herida político partidista que se convierte en una llaga expansiva, la que se produce entre la capacidad de atracción de las ideas vs. los excesos de los líderes que prestan su imagen a la ideología. Y ya sabemos lo que esta llaga causa en “los creadores intelectuales”: la defensa de ortodoxias que se están desmoronando; el chantaje moral; los silencios miserables. El artista que acepta esta servidumbre deja de ser un experimentador y se convierte en un opresor de mentes, en un vocero de las ideas de quienes le pagan. Y ese terreno de penumbra moral es insoportable. Va ejemplo ilustrativo: el mismo día que se fundó en París el Comité de Defensa de los Rosemberg fueron fusilados en Praga 11 comunistas disidentes. Y la izquierda guardó silencio. El tema incómodo, el análisis moral, la contradicción que obliga a tomar partido lingüístico se elimina porque se obedece a un fin superior: ¿la ideología? Puede, pero en el fondo es el dinero.
No aceptar las contradicciones que plantea la realidad, no servir a la honestidad individual (plagada de errores, por supuesto) es una catástrofe para el creador; aceptar la tutela del poder es convertirse en un cadáver enriquecido. Primero, porque, como dijo Koestler, en el mejor de los casos “deberá luchar en nombre de una media verdad”, llena de sombras. Segundo, porque estará constantemente “adecuándose” a las realidades y convirtiendo los enemigos del lunes en amigos el martes. Tercero, porque es imposible no sucumbir a la miserable amenaza de lo políticamente correcto y su peor hijuela: la creación de sistemas de valores arbitrarios y artificiales que deben fundamentarse argumentalmente. Esto es lo que ha originado el ascenso de gente de segunda y tercera fila que saborean el poder y aceptan con júbilo el camino hacia la corrupción: ser recompensado generosamente por poner la mente al servicio de un bolsillo. Es lo de siempre, se pierde independencia, dignidad, sustancia, pero se gana estilo mundano y espectáculo frívolo. Y así, sin haber aprendido nada ni tener talento, te conviertes en autor de éxito, en custodio artístico del siglo. En mamporrero intelectual de un minúsculo mundo satisfecho y aburrido. En soporte físico para un trabajo realizado por la IA.
Esa manipulación por parte de un pequeño grupo que envenena los pozos del discurso intelectual e inflige heridas gratuitas de inmoralidad es lo que acaba convirtiendo la dialéctica en una guerra de trincheras. En un día a día presidido por la desilusión moral. En una vigilancia orwelliana para lanzar tormentas de mierda sobre cualquier idea independiente o sobre cualquier creador que experimente al margen del canon de poder preestablecido. Llega a tanto este corsé, que toma cuerpo una pregunta inevitable: ¿puede ser hipócrita un imbécil? ¿Estamos en manos de malvados conscientes de la manipulación o de mediocres que no ven más allá de su torpeza?
Sea lo que sea, acaba sucediendo lo que dijo David Bruce: “la mente de algunas personas se congela”. Y viven estética e ideológicamente anclados en un único patrón argumental que reduce el mundo a un manual de tópicos inanes.
Lo malo es que nos imponen ese manual podrido.


  1. Stonor Saunders, F., La CIA y la guerra fría cultural. Madrid. Debate. 2013

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Compartir:

Lo ultimo del blog

La tradición en tiempos de adanismos

Un manantial de sugerencias y de reflexiones es el libro de Pupo Walker¹. Se centra en un tema del pasado, pero expande ideas aprovechables hacia nuestro problemático futuro. Es también

Enviame un mensaje

Este sitio está protegido por reCAPTCHA y Google. Política de privacidad y Términos de servicios.
Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para fines de afiliación y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad