Un mérito añadido de cualquier estudio que se centre en un tema particular es el de facilitar la comprensión de fenómenos de validez universal. Esto es lo que permite el libro de J. M. Walker¹, cuya lectura nos susurra que hay patrones históricos formados con elementos aparentemente dispersos, pero que encierran en su repetición y en su estructura un aviso de cómo suceden las cosas y de cómo esa manera de suceder es implacable. Aunque no se perciba ni sobre el terreno ni sobre la memoria. Porque, ya se sabe, la historia es un fenómeno óptico.
En la Inglaterra de finales del XIV, en un contexto de lucha social contra el gobierno, hubo una terrible insurrección campesina. Algunas de las quejas y de los deseos igualitarios tenían relación con otra revuelta, la de John Wyclef contra la autoridad papal. Este malestar teológico creará una corriente de oposición nacionalista a Roma que, con el tiempo, dará sus frutos pragmáticos. Wyclef muere en la cama bajo una vigilancia discreta, pero cuarenta años después el Concilio de Costanza ordenó quemar sus huesos. Y, al poco, el mismo Concilio quema vivo a Juan Huss, el reformista checo. Cien años más tarde toda Europa estará en llamas militares por unas guerras de religión que fueron la manera de reflejar la lucha por el control de la estructura del Imperio (el viejo Imperio Romano, que es el territorio mental en el que nos movemos siempre los europeos). La gasolina que aviva el fuego es la crisis del XVI, que arruina a muchos nobles centroeuropeos. Y el acelerante que lo inflama será el protestantismo y su prédica de una nueva relación entre el hombre, el dinero, la divinidad y la jerarquía. Y aunque en realidad los luteranos ofrecían el mismo producto religioso, lo hacían de una forma diferente, con palabras nuevas y nacionalismos radicales. Los resultados ya se saben: por el márquetin hacia Dios.
Lo importante de esta pincelada histórica es que sirve para aquilatar la trilogía clave de los movimientos heréticos:
- Los problemas económicos. La crisis económica del XVI, con su culminación en la «Revolución de los Precios», empobreció a todo el mundo porque los salarios se vieron desbordados por la inflación, porque paralizó la industria y el comercio, y porque generó una fuerte deuda estatal debido a las guerras, dando lugar a varias bancarrotas importantes; y encima, la mala situación se vio aumentada por los problemas agrícolas. Un cuadro social que a partir de este momento será repetitivo en Occidente.
- La corrupción del sistema. Impuestos excesivos; burocracia parasitaria que desangra la economía y dificulta la justicia social; lejanía entre el poder y los ciudadanos; obsesión por las reglas y la vigilancia. Son esos momentos pavorosos en que se perciben diáfanamente los dos mundos: la casta protegida por un áspero diseño jerárquico vs. la inmensa mayoría a la intemperie. Lo que acabo de describir parece un corta y pega de cualquier época de Europa.
- La pérdida de identidades nacionales. La inseguridad al ver laminados los modos ancestrales de vida; el desagrado ante el control burocrático de los modos ancestrales de diversión y libertad; el yugo del ojo vigilante de las doctrinas oficiales; el fastidio de tener que soportar el descrédito de la lengua nacional: tanto en su valor de rasgo cultural distintivo como en el de mecanismo comunicador de la realidad, o sea, sentir que coaccionan el instrumento que te da entidad humana. Esto último lo voy a decir a la moderna: que te impongan anglicismos es un truño esnob; que te impongan la utilización políticamente correcta de los morfemas es inaceptable. Y que te impongas la autocensura en el pensamiento para coartar tu expresión hablada es la más insoportable de las dictaduras. Un poder con siglas y sin rostro nos arrebata el concepto de yo, de nación, de costumbres, de pensamiento y habla.
Ahora cogemos esta trilogía que define un contexto herético y la trasplantamos, cambiando religión por Agenda 20/30 y cambiando Roma por Bruselas, a la larga crisis que arrancó en el 2008 y que, con altibajos, sigue hasta hoy en día conformando la asfixiante nueva realidad. Y, si no se ven las semejanzas, que venga el doctor Barraquer y eche una mano.
Volviendo al trayecto de lo particular a lo universal, las guerras de religión en Francia enseñaron dos cositas: que cualquiera te puede traicionar (lo de Enrique IV y su cambio de credo); y que el golpe de mano rápido y despiadado funciona a la perfección (lo de la noche de San Bartolomé). Dos lecciones que no invitan precisamente a la tranquilidad. Y, ya puestos, aquella crisis nos sirve para comprobar, por enésima vez, que las burlas históricas no tienen límite en su imaginación: Berlín era un pequeño pueblo que recibe su impulso decisivo hacia la grandeza con la llegada de los hugonotes exiliados. Pues bien, en 1914 en el ejército alemán había una élite descendiente de franceses que había dado forma a numerosos aspectos del militarismo prusiano. La historia como boomerang es uno de los componentes de la condición humana.
Todo lo anterior nos conduce al punto axial en el que coinciden los analistas sensatos de lo contemporáneo: hay que actuar con sabiduría y con radicalismo. No es legítima la inacción contemporizadora ni sirve para nada recrearse en el deja vu de los ciclos históricos. Nosotros vivimos en el ahora, no en los cálculos de un calendario maya. Y este ahora no camina bien y está demandando respuestas sapienciales. Asimilando, por supuesto, que las respuestas a menudo son simplemente retos que te urgen a no esconder la cara. Porque, ante una crisis de insatisfacción con la cotidiano, hay que salir a la plaza de la vida y plantear soluciones. El mercado de las ideas debería estar ahora más concurrido que nunca. El análisis moral debería ser omnipresente. No podemos consentir que una sociedad adormecida deposite su futuro en la potencia computacional de una IA “salvadora”.
Porque si no se reacciona, seguiremos decayendo hasta que el destino nos alcance o hasta que aparezca un líder populista que nos ofrezca un eslogan atractivo (vgr. Esta sociedad no necesita un Dios, necesita un CEO) y nos aturda con su trilogía clave: un enemigo a quien demonizar; unas soluciones simplistas que se magnifican; un aparato propagandístico-represivo formidable.
Si eso ocurre, probablemente el destino no se tome la molestia de alcanzarnos.
¿Para qué? si el final de esta historia se la sabe de memoria.
- Walker, J. M., Los hugonotes: una larga y amarga senda, Edicomunicación, 1997



