Milenarismo woke y feudalismo intelectual

Dicen los que se dedican a lo raro, que para encaminarse bien por un laberinto físico lo mejor es lo de la regla de la mano en la pared o utilizar el algoritmo de Trémaux. No sé si eso funciona: mi orientación es tan mediocre que suelo perderme incluso dentro de un ascensor. En los laberintos intelectuales, lo que me funciona es apartarme de los señuelos unidireccionales, emprender rodeos, manejar argumentos de épocas lejanas, descubrir en ellos caminos y pautas que se reproducen en los problemas contemporáneos, y descubrir una salida por caminos no trillados. Eso sí, recurro a buenos GPS. En este caso a uno de los mejores, el maestro George Duby¹. Brújula perfecta para mostrar los rumbos de las mentalidades europeas.

El terror medieval al año mil es un putada renacentista, un invento del Humanismo pijo para desprestigiar a una edad anterior a la que se necesitaba llamar “oscura”. Ni existió tal terror ni era el año mil. Pero la patraña ha dejado en el continuum cultural la idea del temor (irracional, racional, científico, sentimental, eso no importa) supremo motivado por una hipótesis que anuncia el inminente desguace de nuestro modo de vida. A ese temor, aprovechando el bulo renacentista, se le llama milenarismo. Y en eso estamos hoy en día. Porque el fenómeno woke no es más que un milenarismo que toma el cambio climático,  la identidad sexual y el retorno del fascismo como males omnipresentes y aniquiladores ante los que se debe reaccionar sin miramientos. Aunque si dichos males tardan en venir, mejor: más tiempo de negocio. No se puede aquietar con razones ese miedo y, encima, aparece en todos los discursos como elemento axial de la modernidad más pobre, convirtiendo la vida en una noticia sobrecogedora. Por cierto, un ligero apunte, lo del cambio climático es algo ajeno a la actividad humana; es un fenómeno que depende de los engranajes del universo; otra cosa es proteger el medio ambiente, que eso sí que nos compete a las personas. Lo de la identidad sexual es un drama individual ligado a la dignidad humana y la voluntad de ser feliz, reconvertido en caballo de batalla y de negocio de colectivos subvencionados. Y el fascismo no puede retornar porque jamás se ha ido. Fascismo y nazismo nacen de una doble premisa: nacionalismo y socialismo. Y será que no tenemos esa losa encima.

El problema es, por seguir con las analogías medievales, que vivimos en una época de feudalismo intelectual. Que significa estrechamiento de la curiosidad y pérdida de información sustancial. La muerte de la escuela es su estandarte. Y en ese terreno tan milenarista es donde lo woke se desenvuelve bien. Voy a poner una cita larga de Duby que lo explica maravillosamente: “Los espejismos históricos se instalan con facilidad en los universos mentales, sobre todo si ofrecen un esquema atractivo y una inmediatez argumental”. En ese laberinto nos movemos: aceptación acrítica de bulos; desprestigiar la tradición reduciéndola a un error histórico o simplemente mintiendo sobre ella. A eso se dedica la ignorancia militante: a abrazar teorías científicas absurdas; a querellarse contra la historia por no haber sido como su imaginación partidista deseaba. Antes había personas que eran víctimas de un libro. Ahora nos quieren hacer a todos víctimas del analfabetismo. El verdadero preludio al fin del mundo.

En estos momentos de decaimiento cultural, cuando sólo se busca un sesgo ideológico que confirme y acaricie tus pulsiones, el diálogo enriquecedor no existe. Emisor y receptor son los mismos argumentos viajando por idénticos cerebros. Se vive en un círculo cerrado de ideas estandarizadas. Se respira un aire “intelectual” viciado que acaba, en el mejor de los casos aburriendo por repetitivo, y en el peor de los casos asfixiando cualquier creatividad o libertad de conciencia. Por eso aparece la fatiga de la palabra y la gente se aísla mentalmente. Estamos cansados de escuchar a todos decir siempre lo mismo. ¿Se imaginan que los cuatro jinetes del Apocalipsis fueran un único interminable bostezo emitido por cuatro bocas apenas diferentes?

Una de las peores consecuencias del desfallecimiento intelectual es que los mediocres acceden al poder y se edifica, para supervivencia de este club de incompetentes, un entramado de servilismos y favores que se desparrama, ensucia y mata, como un tsunami de alquitrán. Pero como, pese a esa red protectora, las cosas les salen mal por definición de necios, recurren a una manera primordial de ocultar la incompetencia: el complot constante. Las cosas no funcionan porque alguien (una logia satánica, un gobierno de oligarcas en la sombra, la hidra revolucionaria… según el gusto personal de cada uno) trama incansablemente para que los proyectos que ejecutan los incompetentes salgan mal. Claro que para esta ruina no se necesitan conspiradores, basta con la implacable realidad. Argumentar que tu falta de preparación se debe a un complot internacional es una asombrosa muestra de orgullo. Aunque esto del complot tiene otra lectura más humana, más frágil, y que por lo tanto no merece chiste. En este otro caso, la teoría del complot representa la desconfianza que siente la gente normal cuando trata de acceder a su futuro. Porque la ilusión de ser libres e iguales queda rota por la intervención de inútiles aupados al poder por sus malas artes o su obediencia miserable. Y este complot da como resultado imágenes terribles: personas ahogadas en su calle, o descarriladas en su viaje.

Y es que no se pueden ocultar las enormes consecuencias de los actos de la gente que se alimenta de la inexactitud y el corporativismo. Porque ahora, como en los alrededores de cualquier milenarismo, los desastres anuncian males profundos. Son dolor desgarrador, son indignación perenne, son un oscuro sentimiento de impotencia, son una llamada a la rebeldía. Son todo eso y algo más hiriente: la ira de Dios o la corrupción en las estructuras del estado. Que cada época escoja un argumento.

Ante este panorama, el dilema de las élites pensantes se hace inevitable, pero nada nuevo. Opción cobarde: aceptar lo decadente y salvaguardar la posición de preeminencia. Bien negando realidades, que eso es básicamente lo del relato: entender que el error se parece mucho a la verdad y que sazonado y repetido puede convencer al tragaldabas. Bien manejando el suicida sentimiento de la espera. Que es convertir la esperanza en pasividad, en excusa para la cómoda inacción. Qué fácil es esperar a un Godot que se retrasa para que iniciar el cambio . Que cómodo utilizar el mantra de “dicen las encuestas que es cuestión de aguardar y recoger”. La cobardía también es experta en el relato, porque para un cobarde cualquier circunstancia es buena para no afrontar la obligación. El goce de un procrastinador es que le digan “vuelva usted mañana”.

Opción valiente: interrogarse sobre lo que se quiere conseguir y mirar a los ojos a la herejía de las ideas nuevas. Proponer un cambio imprescindible, higiénico y moral, de paradigma. Contribuir a la renovación urgente por radical que sea. Aceptar la necesidad de pensar la vida y ser coherente.  Sólo así podrá conjugarse un concepto también milenarista: la primavera del mundo. Una etapa de optimismo y voluntad de construir en positivo. Un periodo de reformas argumentativas que permitan recuperar la dignidad humana.

Aparte de dar pol saco a la Edad Media, el Renacimiento se esforzó en tener estilo y propulsar los cambios. Algo que ahora se necesita urgentemente. Se dice que los humanistas suministran sueños. Pues qué mejor sueño que una munición de ideas para revertir la decadencia. Tal vez así podamos recuperar una de las mejores definiciones que he leído: Europa es la victoria del pensamiento.


  1. Duby, G., El año mil, Gedisa, Barcelona, 1989

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