España: un país vivo gobernado por ideas muertas

El error intelectual del 98 y su persistencia emocional hasta hoy

Dos pesos pesados de la cultura española: Laín Entralgo y Seco Serrano¹ editaron un libro importante para entender la matriz de nuestra angustia existencial: el 98. Pero yo, más que en la información académica, quiero detenerme en algunas pequeñas claves que ayudan a comprender el estado mental (y aquí se funden lo intelectual y lo emocional) de un país herido. Un país que se dispuso a reinventar el relato de su identidad a partir de una extraordinaria pérdida de la autoestima, de una influyente línea de pensamiento negacionista de la propia legitimidad histórica y de una mediocre oleada de sentimentalismo naturalista. Con esos ingredientes el cóctel sobre la visión de España no podía ser fructífero. Pero es el que ha perdurado hasta hace diez minutos. Eso explica nuestros desgarros, porque el error nunca es una tierra fértil, pero cuando da algún fruto hay epidemia.

El origen del problema, a mi entender, es que tras la amputación nacional del 98 se distorsionó el análisis de la contemporaneidad española con el sesgo negrolegendario que era carne de manual académico desde hacía años. Muchos intelectuales quisieron explicar el presente a partir del dolor ideológico que les producía la historia de España. Y eso no tiene nada de científico ni de caritativo. Además, ese rencor histórico lastró las posibilidades de la tan manoseada regeneración. Sus intelectuales querían ser españoles, pero evitaban mirar a los ojos de los múltiples rostros de España. Esto hizo, a la larga, inoperante y áspero el proyecto renovador del que alardeaban. Y encima, la corriente de estudio tradicional que trató de disentir no parecía eficaz en aquel contexto finisecular.

Sin embargo, en lo que es puramente la disección de algunos problemas cardinales, aquellos dolores de alma tienen aportaciones muy interesantes. Y, por desgracia, aturdidamente válidas para la España que se gasta ahora. Por ejemplo, la comprensión de una tragedia hispana: que el país es, demasiadas veces, algo vivo gobernado por algo muerto. Una estructura compleja, llena de contradicciones, pero capaz de ofrecer opciones modernas para problemas que antes no existían, está en manos de un boletín oficial capitaneado por gente con un discurso rancio. Antaño con grandilocuencias imperiales agotadas, ahora con fraseología progre que ruboriza por ridícula y antigua. Si no cambia la semántica y el gesto, España lleva camino de ser un país incapaz de acoger el pensamiento joven. Y eso es hacer del futuro un pan como unas hostias. Nace poca gente y encima no la dejan desarrollarse. A este paso, la sociabilidad del conocimiento es algo que desaparecerá.

Esto nos lleva, como llevó en el 98, a una omnipresente sicosis de crisis: con unos hechos objetivos que no pintan bien y una emotividad desbordada que no acepta razonar con equidad, que prefiere clasificar a sus enemigos y entablar con ellos debates definidores guerracivilistas. Hoy en día siempre hay un meme y un insulto para desacreditar una idea. Se decía que la España de principios del siglo XX sufría un pecado de la cultura de masas: imponer una opinión por linchamiento del que discrepa. Si eso entonces preocupaba, no les digo ahora, que con la potencia de alcance y la comodidad doméstica de las redes sociales cualquier hiperventilado/subvencionado de guardia plantea en un plis plas el delenda est que le apetezca. Y sin necesidad de conocer el asunto razonablemente. Basta que le suene algo y que tenga la necesidad social de posicionarse. No en vano viral viene de virus.

Frente a toda esta esta ponzoña, siempre ha existido en nuestro país el dolor mudo. La tercera España que prefiere aislarse mentalmente por prevención mental, por higiene estética y porque no encuentra quien la represente. Y porque es lo suficientemente culta y escéptica para comprender que las soluciones vienen con dos marcas de fábrica indelebles: son siempre transitorias, y deben conjugar raíz tradicional y desparpajo futurista. Pero no pueden convertirse en piedra sacrosanta inamovible ni en un bolsillo de Doraemon que saca novedades sin parar, a menudo inconvenientes. Por eso hay que dejar paso a la imaginación reflexiva, sapiencial, de visión larga y no encadenarse a discursos de odio fatigado ni a arrebatos de memoria histórica ficticia.

Porque es insoportable que las opciones intelectuales que se nos ofrecen cuando analizamos España sean, no importa la época, tres tristes trazos: uno, encabronarse con el enemigo y disparar con munición de ordenador portátil o con la terapia ocupacional de los escraches; dos, hablar de España sin saber mínimamente de lo que se habla;  tres, ausentarse/protegerse mentalmente hacia cualquier placebo que te rebaje la tensión cardiovascular. Quizás cuando Unamuno hablaba del español de profesión se refería a esto: a no saber cómo querer a tu país.

O a la sensación de habitar un laberinto de humo. Sencillo de derribar, si se quisiera.


  1. Laín Entralgo, P. y Seco Serrano, C., España en 1898, RBA Editores,  Barcelona, 2005

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